Platón

   
     Platón (428-347) nació y murió en Atenas. Procedía de una familia aristocrática y recibió una esmerada educación. Su verdadero nombre fue Aristocles y se le llamó Platón por la amplitud de sus espaldas. Su primera inclinación fue la política pero la influencia de Sócrates desvió sus pasos hacia la filosofía. Fue discípulo de Cratilo, seguidor de Heráclito, y de otros sofistas pero se alejó de ellos al conocer a Sócrates a quien siguió por unos diez años. Al morir el maestro se marchó de Atenas y comenzó a viajar. Visitó Megara, Cirene, Egipto. Sus experiencias fueron muchas y diversas e incluyen que fuese entregado como esclavo a un embajador espartano por el tirano Dionisio. Platón había recibido de Sócrates el gran impulso, el principio activo y viril de su vida, su fe en la justicia y en la verdad. Debió la ciencia y la sustancia de sus ideas a su iniciación en los Misterios. Su genio consiste a la forma nueva, a la vez poética y dialéctica, que supo darles. Aquella iniciación no la tomó solamente en Eleusis. Él la buscó en todas las fuentes accesibles del mundo antiguo. En Egipto pasó a través de la iniciación de Isis pero no alcanzó como Pitágoras, el grado superior del adeptado, en el cual se adquiere la vista efectiva y directa de la verdad divina. Se detuvo en el tercer grado, que confiere la perfecta claridad intelectual con el dominio de la inteligencia sobre el alma y el cuerpo. Luego fue a la India. Regresó a Atenas en el 367, estableciendo una escuela en el jardín que compró a un amigo llamado Academo. De ahí se deriva el nombre de Academía. Se dedicó totalmente a la dirección de la Academia y a la redacción de los Diálogos.
     Platón recoge el método socrático, completándolo en doble sentido. Subjetiva e internamente, lo libera de la unilateralidad inductiva, haciéndolo instrumento de la deducción, proceder inverso. Objetiva y externamente, lo libera de la restricción a la ética, dándole aplicación universal, es decir, metafísica.
     Los grados del conocimiento. Sobre las cosas nascentes y perecederas tenemos el conocimiento sensible, opinión (doxa). De lo que es, de la realidad consciente, podemos alcanzar conocimiento inteligible, ciencia (episteme). Platón distingue en el ámbito de la opinión dos grados de conocimiento, con su correspondiente doble objeto: la conjetura o imaginación (eicasia), es decir, el conocimiento de las imágenes, y la creencia o fe, el conocimiento perceptivo de las cosas sensibles. En el área de la ciencia encontramos también dos grados de conocimiento: el razonamiento o razón (dianoia); que tiene por objeto los seres matemáticos, y el conocimiento filosófico o inteligencia (nous), que mediante la dialéctica asciende a la contemplación intuitiva de las cosas.
     La concepción de la filosofía. La sabiduría es conocimiento perfecto, intelectual (noesis), de las ideas. La filosofía es, propiamente, filo-sofía, deseo de la sabiduría, esfuerzo dialéctico por llegar a la contemplación de las ideas, pasión estética. El filósofo posee un alma deseosa de saber, enamorada de la sabiduría, siempre mirando hacia lo alto, participando en lo divino. Platón aun estaba inmerso en la aspiración órfico-pitagórica hacia la liberación del alma de los reiterados nacimientos, encarnaciones sucesivas en distintos cuerpos, encarcelamientos que dificultan y enturbian la libre posesión de la sabiduría. Y por eso el filósofo, junto a su aspiración a la sabiduría, lleva también la aspiración a morir, y el filosofar mismo es "meditación sobre la muerte".
Platón apeló a la dialéctica que sitúa la investigación en lo suprasensible como tal, donde, por contemplación intuitiva, se realiza el genuino conocimiento filosófico. Tal conocimiento nos es dado por una noesis, teniendo como objeto propio las esencias. La noesis nos proporciona la asimilación de un noema. De un ser inteligible, de una idea existente y consistente. La filosofía es la noesis de las ideas.
     Para Platón el supremo bien del hombre es la contemplación de las ideas, y en ello reside la validez objetiva de la ley moral. Persiguiendo el Bien, es decir, lo Justo, el alma se purifica; se prepara a conocer la Verdad, primera e indispensable condición de su progreso. De ahí la ascesis, necesaria para dejar el alma en perfecta disposición de contemplar las ideas. Continuando, ensanchando la idea de lo Bello, el alma alcanza la Belleza intelectual, esa luz inteligible, madre de las cosas, animadora de las formas y órgano de Dios. Sumergiéndose en el alma del mundo, el alma humana siente nacer sus alas. Persiguiendo la idea de lo Verdadero, alcanza la pura Esencia, los principios contenidos en el Espíritu puro, reconoce su inmortalidad por la identidad de su principio con el principio divino. Perfección; Epifanía del alma.
Platón es el descubridor de las cuatro virtudes cardinales y asigna a cada parte del alma una virtud particular: la prudencia, virtud del alma inteligible conforme a la cual obramos con razón en nuestros actos; la fortaleza, virtud del alma irascible que tiene por objeto estimularnos para vencer las dificultades; la templanza es la virtud del alma concupiscible, y por ella el hombre modera sus apetitos. Por último la justicia, que es la armonía de las otras tres virtudes más que una nueva virtud.
      Porque por una parte el juramento de los misterios se lo impedía y por otra porque no todos habrían comprendido, Platón no podía ni quería revelar ciertos niveles de la enseñanza, así reemplazó la doctrina de la Tétrada Sagrada de Pitágoras por tres conceptos iluminadores. Al abrir esas grandes vías al espíritu humano, creó fuera de los estrechos márgenes de las religiones particulares, la categoría del Ideal, que reemplazó a la iniciación orgánica y completa.
El Idealismo es la afirmación atrevida de las verdades divinas, por el alma que se pregunta en su soledad y juzga las realidades celestes por las facultades íntimas y voces interiores. La Intuición es la penetración de esas mismas verdades por la experiencia del alma, por la visión directa del espíritu, por la resurrección interna. Es la comunicación del alma con el mundo divino.
El ideal es una moral, una poesía, una filosofía; la iniciación es una acción, una visión, una presencia sublime de la Verdad.
     Construyendo la categoría del Ideal, el iniciado Platón creó un refugio, abrió el camino de salvación a millones de almas que no pueden llegar en esta vida a la iniciación directa pero que aspiran a la verdad. Platón hizo así de la filosofía, el vestíbulo de un santuario futuro, invitando a él a todos los hombres de buena voluntad. El idealismo es algo así como la antesala de la gran iniciación.
      El amor y la Armonía fueron el fondo del alma de Platón pero ¡qué amor y que armonía! El amor de la belleza eterna y de la armonía que abarca el universo.
El corazón del culto de Eleusis fue el mito de Ceres y su hija Proserpina y toda la brillante teoría eleusiana gira y se desenvuelve alrededor de este círculo luminoso que, en su sentido íntimo es la representación simbólica de la historia del alma, de su descenso a la materia, de sus sufrimientos en las tinieblas del olvido y luego de su reascensión y de su vuelta a la vida divina. En otras palabras, es el drama de la caída y de la redención bajo forma helénica, que llegara a Grecia a través de una colonia griega asentada Egipto, la cual instaló en la tranquila bahía de Eleusis el culto de Isis bajo el nombre de Demeter, la madre Universal.