Rama

     Cuatro o cinco mil años antes de nuestra era, entre los jóvenes destinados al sacerdocio en la antigua Escitia, cubierta aún por espesas selvas y extendiéndose desde el océano Atlántico hasta los mares polares, llamada por los negros que la conquistaron "la tierra emergida de las olas", encontramos a Rama, cuya alma delicada se rebelaba contra los sacrificios humanos que formaban parte del sanguinario culto imperante instituido por las profetisas, si bien al principio sanamente inspiradas, convertidas más tarde por pasiones y ambición en malas magas.
El dulce joven desde muy temprana edad se mostraba inclinado al conocimiento de las plantas y de sus virtudes curativas, así como al estudio de los astros y sus influencias. Parecía ver y adivinar las cosas lejanas lo cual le granjeaba el respeto de los mayores que se inclinaban ante la grandeza benévola emanada de sus palabras y de todo su ser. Su placidez y sabiduría ofrecían un gran contraste con la fiereza de las druidesas, inspiradoras de maldiciones que continuamente profetizaban desgracias horrorosas. Los druidas le llamaban "el que sabe" y era llamado por el pueblo "el inspirado de la paz".
     Después de viajar por toda la Escitia y por los países del sur, siendo reconocido por los sacerdotes de los negros quienes, seducidos por su sabiduría le confiaron sus conocimientos secretos, regresó al norte donde le horrorizaron los cada vez más frecuentes sacrificios humanos cometidos por su gente.
     Algún tiempo después se desató una gran peste en la cual Rama creyó ver un castigo a las transgresiones y excesos cometidos por su pueblo. Un día soñó mientras dormía bajo una encina donde solía dedicarse a la meditación, que escuchaba una fuerte voz pronunciando su nombre y creyó despertar para ver ante sí a un hombre de gran estatura vestido con el ropaje blanco de los druidas que él mismo llevaba. Sostenía una vara en la cual se enroscaba una serpiente. Cuando Rama, sorprendido se preparaba a preguntar al desconocido que significaba aquello, éste le tomó de la mano para hacerlo levantar y le mostró sobre el árbol mismo bajo el cual reposaba, una hermosa rama de muérdago. ¡Oh Rama, le dijo, el remedio que tú buscas, aquí lo tienes". Y sacando de su seno un podón de oro la cortó y se la dio murmurando algunas palabras sobre como preparar el muérdago y desapareció.
     Rama despertó entonces completamente sintiéndose reconfortado. Un sentimiento interno le decía que ya había encontrado la solución. Preparó el muérdago según le había indicado el desconocido y lo dio a beber a un enfermo que recobró la salud. Las múltiples curas que realizó de esta manera le llenaron de fama por toda Escitia y venían enfermos de todas partes en busca de curación. Consultado por los druidas de su tribu, les contó sobre su descubrimiento advirtiéndoles que este debía ser un secreto de la casta sacerdotal para afirmar su autoridad. Los discípulos de Rama portando ramas de muérdago por toda Escitia fueron considerados como mensajeros divinos y su maestro como un semi-dios.
      Este acontecimiento dio origen a un nuevo culto considerándose el muérdago desde entonces como una planta sagrada. Rama la consagró instituyendo la fiesta de Navidad o de la nueva salvación, que colocó al comienzo del año llamándole Noche-Madre (del nuevo sol), o la grande renovación. Al extraño que se le apareció en el sueño se le llamó Aesc-hely-hopa, que significa la esperanza de la salvación está en el bosque. Los griegos lo hicieron su Esculapio, el genio de la medicina, que porta la vara mágica en forma de caduceo.
      Pero Rama, el inspirado de la paz, quería curar no solo el cuerpo de su pueblo sino su alma. Después de su elección como jefe de los sacerdotes dio la orden de suspender los sacrificios humanos, noticia que fue saludada jubilosamente por algunos y como un sacrilegio por otros. Las druidesas, sintiendo amenazado su poder lanzaron maldiciones y sentencias de muerte contra él. Pero Rama, lejos de retroceder en su lucha la acentuó al enarbolar un nuevo símbolo.
En aquella época cada pueblo blanco tenía su signo de reconocimiento bajo la forma de un animal que simbolizaba las cualidades preferidas. Para los Escitas el animal preferido era el toro al que llamaban Thor, signo de la fuerza brutal y de la violencia. Entonces Rama eligió por oposición al Carnero, cabeza valiente y pacífica del rebaño. Los pueblos blancos se dividieron en dos bandos unos gritaban ¡Muera el Carnero! Y los otros ¡Guerra al Toro!
Frente a tal situación Rama dudaba. Desencadenar una guerra sería sin duda lo peor para su pueblo. Entonces tuvo un nuevo sueño:
     Bajo un cielo tempestuoso, en pie, sobre una roca, una mujer de pelo en desorden se preparaba a herir a un guerrero, atado ante ella. "¡En nombre de los antepasados detén tu brazo!", gritó Rama lanzándose sobre la mujer. Retumbó un trueno y apareció en medio de un relámpago una figura radiante. La druidesa cayó como si hubiese sido herida por un rayo, y habiéndose roto los lazos que ataban al cautivo, éste miró al luminoso gigante de manera desafiante. Rama reconoció al ser divino que ya le había hablado en el otro sueño y que esta vez lucía aún más hermoso porque irradiaba luz. Rama vio que se encontraba ante las puertas abiertas de un templo de ancha columnata. En el lugar de la piedra del sacrificio se levantaba un altar. A un lado estaba el guerrero cuyos ojos aun desafiaban la muerte. La mujer, en el suelo, parecía muerta. El genio llevaba una antorcha en su mano derecha y una copa en la izquierda. Sonrío bondadosamente y dijo: "Rama, estoy contento de ti ¿Ves esta antorcha? Es el fuego sagrado del Espíritu Divino. ¿Ves esta copa? Es la copa de la vida y del Amor. Da la antorcha al hombre y la copa a la mujer." Rama hizo lo que se le ordenaba y apenas la antorcha estuvo en la mano del hombre y la copa en las de la mujer, se encendió un fuego espontáneamente sobre el altar y ambos irradiaron transfigurados a su luz, como Esposo y Esposa divinos. Simultáneamente el templo se ensanchó; sus columnas se elevaron hasta el cielo; su bóveda se convirtió en el firmamento. Entonces Rama, se vio llevado por su sueño al vértice de una montaña bajo el estrellado cielo. En pie, cerca de él, el Genio le explicaba el sentido de las constelaciones y le hacia leer en los signos llameantes del Zodíaco, los destinos de la Humanidad.
     "Espíritu maravilloso, ¿quién eres tú?", dijo Rama a su Genio. Y el genio respondió "Me llaman Deva Nahousha, la Inteligencia divina. Tú difundirás mi radiación sobre la tierra y yo acudiré siempre que me llames. Ahora sigue tu camino, ¡ve!" Y con su mano, el Genio le señaló el oriente.
      En este sueño, Rama vio y aceptó su misión así como el destino de su raza. Ya no dudó y, en lugar de encender la guerra entre las tribus de Europa, decidió llevarse a la flor de su pueblo al corazón de Asia. Les anunció que instituiría el culto del fuego sagrado que haría la felicidad de los hombres; que los sacrificios humanos quedaban totalmente abolidos; que los antepasados serían invocados, no por sanguinarias sacerdotisas, sino en cada hogar, por el esposo y la esposa unidos en una misma oración, al lado del fuego purificador. El fuego visible del altar, símbolo del fuego celestial invisible, uniría a la familia, al clan, a la tribu y a todos los pueblos, cual centro del Dios viviente sobre la tierra. Le dijo a su gente que debía prepararse para la conquista de una tierra nueva, virgen, donde él daría su ley y fundaría el culto del fuego renovador.
     La obra maestra de Rama fue el nuevo papel que dio a la mujer. Hasta entonces el hombre la miraba como esclava a la que maltrataba brutalmente en su casa o, como sacerdotisa, maga terrible y fascinadora cuyos oráculos temía y ante los cuales temblaba supersticiosamente. El sacrificio humano instituido por las sacerdotisas no era más que un desquite de la mujer frente al hombre. Elevando a la mujer ante el hombre en sus funciones divinas de esposa y madre, Rama la convirtió en sacerdotisa del hogar, guardiana del fuego sagrado, igual al esposo junto a quien invocaba el alma de los antepasados.
     Rama, como todos los grandes legisladores, desarrolló y organizó los instintos superiores de su raza adornando y embelleciendo la vida. Ordenó cuatro grandes festividades en el año. La de primavera o de las generaciones, consagrada al amor de los esposos. La de verano o de las cosechas que pertenecía a los niños. La de otoño, celebrada por los padres. Y la más santa y misteriosa, la de Navidad o de las grandes sementeras y también la consagró a los niños recién nacidos, a los frutos del amor concebidos en la primavera, y a las almas de los muertos, a los antepasados. Punto de conjunción entre lo visible y lo invisible, esta solemnidad religiosa era al mismo tiempo el adiós a las almas ausentes y el saludo a las que vuelven a encarnar. Esa noche sagrada, los antiguos arios se reunían en los santuarios alrededor de hogueras y entre cánticos para celebrar el nuevo comienzo del año terrestre y solar, la germinación de la Naturaleza en el corazón del invierno, la palpitación de la vida en el seno de la muerte.
     De esta manera Rama ligaba la vida humana al ciclo de las estaciones y a las revoluciones astronómicas, haciendo resaltar al mismo tiempo su sentido divino. Zoroastro le llamó el jefe de los pueblos, el muy afortunado monarca. Y el poeta indio Valmiki que lo sitúa en una época más reciente, dice "Rama, el de los ojos de loto azul, era el señor del mundo, el dueño de su alma y del amor de los hombres, el padre y la madre de súbditos. Él supo dar a todos los seres la cadena del amor."
     Habiéndose establecido en Irán, a las puertas del Himalaya, la raza blanca, que aún no dominaba el mundo, necesitaba infiltrarse en la India, centro capital de los negros, antiguos vencedores de las razas roja y amarilla. El Zend-Avesta nos cuenta sobre esa marcha de Rama sobre la India, convirtiéndola en uno de sus temas favoritos.
     Por su fuerza, genio y bondad, Rama llegó a ser el dueño de la India y el rey espiritual de la Tierra. Los sacerdotes, los reyes y los pueblos se inclinaban ante él como un bienhechor celeste y, bajo el signo del Carnero, la luz aria fue divulgada a lo lejos por sus emisarios proclamando la igualdad de vencedores y vencidos, la abolición de los sacrificios humanos y de la esclavitud, el respeto por la mujer y el hogar, el culto de los antepasados y la institución del fuego sagrado, símbolo visible de Dios.
     Ya anciano le fue ofrecido por los reyes y sus enviados el poder supremo a lo cual él pidió un año para reflexionar. Nuevamente fue iluminado por un sueño.
     Se vio otra vez joven y vestido con el traje de lino de los druidas en una noche de luna. La Noche Santa, la Noche Madre. Rama marchaba bajo las encinas escuchando las voces del bosque. Una hermosa mujer rubia se le acercó, llevaba una magnífica corona y le dijo: "Yo era la druidesa salvaje; por ti he llegado a ser la esposa radiante. Y ahora me llamo Sita. Soy la mujer glorificada por ti, soy la raza blanca, soy tu esposa: ¡oh, mi dueño y mi rey!" ¿No es por mi por quien tú has franqueado los ríos, encantado a los pueblos y dominado a los reyes? He aquí la recompensa. Toma esta corona de mi mano, colócala sobre tu cabeza y reina conmigo sobre el mundo." Se había arrodillado humildemente, ofreciendo la corona de la Tierra. Rama se emocionó. Entonces Deva Nahousha, su Genio, se le apareció y dijo: "Si pones esa corona sobre tu cabeza, la inteligencia divina te dejará y no me verás ya. Si abrazas a esa mujer, morirá de tu felicidad. Si renuncias a poseerla, ella vivirá dichosa y libre sobre la tierra y tu espíritu invisible reinará sobre ella. Elige: escúchala o sígueme." Sita, todavía de rodillas miraba a su dueño con los ojos llenos de amor, esperando suplicante la respuesta. Rama permaneció silencioso por un instante. Pero, sintiendo que el amor supremo es la renuncia suprema, posó su mano libertadora sobre la frente de la mujer blanca, la bendijo y le dijo: "Adiós. Sé libre y no me olvides." La mujer desapareció entonces inmediatamente. Amaneció y el rey era viejo nuevamente. Con ojos llorosos escuchaba una voz que venía desde el bosque llamando "¡Rama, Rama!
El genio exclamó: ¡A mi! Y el espíritu divino llevó a Rama sobre una montaña, al norte de Himavat.
     Después de este sueño indicador del cumplimiento de su misión. Rama reunió a los reyes y les dijo que no quería el poder supremo que le ofrecían. Les pidió conservar sus coronas y obedecer la Ley. Les informó que su labor había terminado y que se retiraba para siempre a una montaña desde donde velaría por todos. "Guardad el fuego divino -les dijo- Si llegara a apagarse, volvería a aparecer como juez y como vengador terrible." Después se retiró con los suyos al Monte Albori, entre Balk y Bamyán, a un lugar conocido solamente por los iniciados donde enseñaba a sus discípulos cuanto sabía de los secretos de la Tierra. Estos salieron a Egipto y a Occidente a llevar esos conocimientos, y así, los cuernos del Carnero, emblema de la religión aria, llegaron a ser las insignias de la iniciación y, por consiguiente, del poder sacerdotal y real.
     Rama fijó el calendario de los arios, a él se deben los signos del Zodíaco, testamento del patriarca de los iniciados. Un libro escrito con estrellas sobre el firmamento sin fondo, al que dio un triple significado: el primero se relacionaba con las influencias del sol en los doce meses del año; el segundo relataba su propia historia; y el tercero indicaba los medios ocultos de que se había valido par alcanzar su objetivo.
     Ordenó a los suyos que ocultaran su muerte y continuaran su obra y durante siglos, los pueblos creyeron que Rama aún vivía en su montaña sagrada llevando sobre su cabeza los cuernos del carnero.