Moisés

     Egipto, que poseyó el genio de la iniciación y de la conservación en el más alto grado, no tuvo nunca sin embargo, el de la expansión y el de la propaganda. Pero, dos pueblos de genio opuesto, Israel y Grecia, encendieron la luz en los santuarios.
     Es bien conocida la importancia del pueblo de Israel para la historia de la humanidad. Primero, representa el monoteísmo; segundo, dio nacimiento al cristianismo. Pero, el objetivo principal de la misión de Israel está contenido, para quien sabe ver, en los símbolos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que encierran toda la tradición esotérica del pasado. Israel es el eslabón necesario entre el antiguo y el nuevo ciclo, entre el Oriente y Occidente. La idea monoteísta lleva por consecuencia la unificación de la humanidad bajo un mismo Dios y bajo una misma ley.
     Moisés, iniciado egipcio y sacerdote de Osiris (según afirma Manethón, sacerdote egipcio a quien se deben los datos más exactos sobre las dinastías de los Faraones, hoy confirmados por las inscripciones en los monumentos), fue sin lugar a dudas el organizador del monoteísmo. Tuvo el valor de hacer del más alto principio de la iniciación el dogma único de una religión nacional, y la prudencia de no revelar sus consecuencias más que a un pequeño grupo de iniciados, mientras lo imponía a las masas por el temor. El relato bíblico sin embargo (Éxodo II, 1-10) hace de Moisés un judío de la tribu de Leví, recogido por la hija del Faraón en los juncos del Nilo, donde la astucia materna le había depositado para salvar al niño de una persecución similar a la de Herodes.
     La fuente egipcia de estos datos tiene mayor peso que la judía porque los sacerdotes egipcios no tenían interés alguno en hacer creer a los griegos o a los romanos que Moisés era uno de los suyos, mientras que para los judíos, por amor propio nacional, se hace necesario que el fundador de su nación fuese un hombre de su misma sangre. La Biblia reconoce sin embargo que Moisés fue educado en Egipto y enviado por su gobierno como inspector de los judíos en Gosen, siendo este un hecho de gran importancia para establecer la filiación secreta entre la religión mosaica y la iniciación egipcia. Clemente de Alejandría creía que Moisés estaba iniciado en la ciencia de Egipto y, sin lugar a dudas, la obra del creador de Israel sería incomprensible sin esto.
Para la enorme empresa de organizar el monoteísmo, la más grande después del éxodo prehistórico de los Aryas, Moisés encontró en las tribus hebreas, particularmente en aquellas fijadas en Egipto en el valle de Gosen, un instrumento preparado. Había tenido precursores en Abraham, Isaac y Jacob.
     Cuando Moisés fue enviado a Gosen a inspeccionar a los hebreos tributarios de Egipto, los encontró sometidos a trabajos rudos y no pudo evitar una secreta simpatía por aquellos seres cuyos Ancianos, fieles a la tradición abrámica, adoraban sencillamente al Dios único y se rebelaban contra el yugo egipcio, protestando contra la injusticia. Un día vio a un guardia egipcio apalear sin misericordia a un indefenso hebreo y, con el corazón sublevado se lanzó contra el egipcio, matándole en el acto con su propia arma. Esa acción de indignación generosa, decidió el curso de su vida. Los sacerdotes de Osiris que cometían un homicidio eran juzgados severamente por el colegio de sacerdotes, así que Moisés prefirió desterrarse e imponerse él mismo su expiación.
     En el país de Madián, más allá del Mar Rojo y de la península sinaítica existía un templo consagrado a Osiris que no dependía del sacerdocio egipcio. Allí también se adoraba al Dios soberano bajo el nombre de Aelohim, porque aquel santuario de origen etiópico, servia de centro religioso tanto a los árabes y a los semitas como a los hombres de raza negra que buscaban la iniciación. Hacía siglos ya que el Sinaí y el Horeb eran algo así como el centro místico de un culto monoteísta. Muchos semitas iban ahí en peregrinación para adorar a Aelohim, quedándose por unos días ayunando y orando en las cavernas vecinas pero antes, iban a purificarse y a instruirse en el Templo de Madián.
     Fue allí donde Moisés encontró refugio. Se casó con Sephora, hija de Jetro, gran sacerdote de Madián y vivió muchos años al lado de este hombre sabio. Gracias a las tradiciones etíopes y caldeas que encontró en su templo, completó cuanto había aprendido en los santuarios egipcios.
Mientras pastoreaba las ovejas de su suegro Moisés recibió el llamado para ser el salvador de su pueblo. 40 años habían pasado desde su huida de Egipto y ya contaba 80 años cuando se le apareció el Señor en la zarza ardiendo.
     A lo largo de toda su vida con Dios, Moisés, originalmente de temperamento violento, llegó a ser el "hombre de Dios", y aún el "siervo del Señor". No hay ningún otro en el pacto antiguo que se haya subordinado tan completamente a la voluntad de Dios. Había aprendido a dominarse de tal manera que fue llamado "muy manso más que todos los hombres". Comprendiendo la carga de su vocación fue como un "padre" del pueblo, a pesar de que esta carga se le hizo muy pesada por ser su pueblo de dura cerviz. Siempre estuvo dispuesto a cargar con las faltas de su gente como sacerdote frente a Dios, a defenderlo con su intercesión, atrayendo sobre sí mismo la justa ira de Dios.
     De él se afirma con más frecuencia que de otros hombres de Dios, que Dios le haya hablado. Él era el profeta sin igual, que hablaba con Dios "cara a cara", que podía ver al Señor sin verlo. Por eso su rostro irradiaba la gloria de Dios, de modo que debía cubrirlo delante del pueblo.
Como "mediador del pacto" que imprimió a Israel su sello teocrático, e hizo que fuera llamado el pueblo de Yahveh, Moisés estableció el arca del pacto en el santo tabernáculo. Instituyó la tribu de Leví como la tribu sacerdotal, distinguiendo particularmente en medio de ésta a la tribu de Aaron. A ellos entregó el oficio del sumo sacerdocio.
     Cristo y los apóstoles lo consideran el autor del Pentateuco, o el mediador de la ley, pero también se presenta junto con los profetas como dador de la ley, especialmente junto con Elías. A los profetas les correspondía inculcar de nuevo la ley recibida en tiempos anteriores y, en este sentido, el Nuevo Testamento concluye que "la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad llegaron por Jesucristo" (Juan 1:17)