Krishna 

     De la conquista de la India por los arios salió una de las más brillantes civilizaciones de la tierra. Por una parte, el genio de la raza blanca con su sentido moral y sus sublimes aspiraciones metafísicas y por otra parte, el genio de la raza negra con sus energías pasionales y su enorme fuerza. Las tradiciones antiguas nos cuentan sobre una dinastía solar y una dinastía lunar. Los reyes de la dinastía solar pretendían nacer del sol y los otros se decían hijos de la luna. Realmente tras este simbólico lenguaje se escondían dos concepciones religiosas opuestas que se relacionaban con cultos diferentes. El culto solar daba a Dios el sexo masculino, agrupándose a su alrededor cuanto había de más puro en la tradición; la ciencia del fuego sagrado y de la oración, la noción esotérica del Dios Supremo, el respeto a la mujer, el culto a los antepasados, la monarquía electiva y patriarcal. El culto lunar atribuía a la divinidad el sexo femenino, bajo cuyo signo las religiones del ciclo ario siempre adoraron a la naturaleza y con frecuencia a la naturaleza ciega, inconsciente en todas sus manifestaciones violentas y terribles. Este culto se inclinaba a la idolatría, la magia negra, favorecía la poligamia y la tiranía, apoyándose en las pasiones populares. La lucha entre los hijos del sol (los Pandavas) y los hijos de la luna (los Kuravas), forman el argumento de la epopeya india, el Mahâbhârata, que es una especie de resumen de la historia de la India aria antes de la constitución del brahmanismo.
     Entre la lucha de los hijos del sol y los de la luna (los instintos superiores y los inferiores) comienza la evolución religiosa de la India.
     La victoria del poder espiritual sobre el poder temporal, del anacoreta sobre el rey, de donde nació la potencia del brahmanismo, fue conseguida por un reformador de primer orden. Reconciliando los genios en lucha de las razas blanca y negra, los cultos solares y los lunares, ese hombre divino fue el verdadero creador de la religión nacional de la India. Lanzó al mundo una idea nueva: la del verbo divino, o de la divinidad encarnada y manifestada en el hombre. Este primer Mesías, fue Krishna.
     Al norte de la India, en la poderosa ciudad de Madura, reinaba el rey Kansa. Impulsado por una de sus esposas, la ambiciosa Nysumba que deseaba sin haber podido concebirlo un hijo suyo para que reinara sobre el mundo, consultó a un sacerdote que predijo que Nysumba permanecería estéril y, mirando a Devaki, purísima virgen, hermana del rey, que a su lado rogaba a los Devas que diesen un hijo a su hermano, le dijo "Oh, rey de Madura! Ninguno de tus hijos será el dueño del mundo. Este nacerá en el seno de tu hermana que aquí tienes."
     Grande fue la consternación de Kansa y terrible la ira de Nysumba, quien más tarde, a solas con su esposo le pidió que hiciera desaparecer a la princesa. El rey resistió un poco pero, enloquecido por los encantos de Nysumba que amenazaba con abandonarlo sino la complacía, prometió el sacrificio de su hermana.
     Esa misma noche, el jefe del sacrificio vio en sueños que el rey Kansa sacaba la espada contra su hermana y enseguida fue a la casa de ella para advertirla, anunciándole el peligro de muerte que la amenazaba. Devaki siguió las instrucciones del sacerdote del fuego y disfrazada de penitente dejó el reino para buscar refugio entre los anacoretas.
     Devaki llegó a una ermita donde fue mimada y protegida. Vivía entre mujeres piadosas que alimentaban gacelas domesticadas y se dedicaban a la oración. Allí recibió de una mujer de edad madura instrucciones secretas y por parte de todos, profundo respeto. Cerca de un manantial había un árbol antiquísimo de grandes ramas, que los santos rishis llamaban "el árbol de la vida". Devaki gustaba de sentarse a su sombra y con frecuencia allí dormitaba visitada por extrañas visiones. Un día Devaki cayó en un éxtasis profundo. Oyó una música celestial, como un océano de arpas y coros de voces divinas.       Súbitamente el cielo se abrió y brotó la luz. Miles de seres espléndidos la miraban, y en el fulgor de un rayo deslumbrante se le apareció Mahâdeva en forma humana. Perdió el conocimiento, en una felicidad sin límites y concibió al niño divino.
     Después de siete lunas el jefe de los anacoretas la llamó y le dijo "La voluntad de los Devas se ha cumplido. Has concebido en la pureza del corazón y en el amor divino. Virgen y madre, te saludamos. Un hijo nacerá de ti, que será el salvador del mundo. Tu hermano Kansa te busca para matarte, con el tierno fruto que llevas en tu seno. Es necesario escapar a su persecución. Los hermanos van a guiarte a las viviendas de los pastores que habitan al pie de Monte Meru, bajo los cedros olorosos, en el aire puro del Himavat. Allí darás a luz tu hijo divino, y le llamarás Krishna, el consagrado. Que él ignore su origen y el tuyo; no le hables de ello nunca. Ve sin temor, pues velaremos sobre ti."
Y Devaki fue a vivir con los pastores del Monte Meru. Kansa, el Herodes indo, mientras la buscaba entre los pastores y vaqueros hizo matar millares de niños recién nacidos.
 
Juventud de Krishna
En un valle que se extendía al pie del Monte Meru habitado por un pueblo de pastores bajo el reinado del patriarca Nanda, amigo de los anacoretas, encontró refugio Devaki y dio a luz a su hijo Krishna. Solamente Nanda supo quien era la extranjera y de donde procedía su hijo. Y allí creció el joven maravilloso al que llamaban "el Radiante" porque su sola presencia, su sonrisa y sus grandes ojos infundían una alegría luminosa. Todos le amaban, seres humanos y animales. Y hasta podía abrir la boca a las panteras sin que éstas lo mordieran.
Cuando Krishna contaba 15 años, Devaki fue nuevamente llamada por el jefe de los anacoretas y un día desapareció sin despedirse de su hijo quien se sumió en una meditación tan profunda que hasta los niños se apartaban de él atemorizados. Krishna lo abandonó todo e inmerso en sus pensamientos erró por el Monte Meru durante varias semanas. Una mañana encontró a un anciano que le preguntó
¿A quien buscas?
A mi madre.
Tu madre no está ya aquí.
¿Dónde la encontraré?
Al lado de aquel que no cambia nunca
¿Pero, cómo encontrar a Aquel?
Busca
Y a ti ¿te volveré a ver?
     Si; cuando la hija de la Serpiente incite al crimen al hijo del Toro, entonces me volverás a ver en una aurora de púrpura. Entonces matarás al Toro y aplastarás la cabeza de la Serpiente. Hijo de Mahâdeva, sabe que tú y yo no formamos más que uno sólo en Aquel. ¡Busca, busca, busca siempre!
Y el anciano extendió sus manos en forma de bendición y se marchó.
Cuando Krishna descendió del Monte Meru lucía transformado. Reunió a sus compañeros y les dijo "Vamos a luchar contra los toros y las serpientes; vamos a defender a los buenos y a subyugar a los malvados."
     Krishna comienza así su largo batallar, que no es más que una ilustración física para demostrar una verdad espiritual. Es una guerra entre nuestras dos naturalezas -el bien y el mal-. Paso a paso, lucha a lucha, batalla tras batalla seguidos de meditación profunda, enfrentan a Krishna con la realidad de que el cuerpo humano es en verdad el campo de batalla donde se desarrolla ese eterno duelo. Aprende que ningún conocimiento puede ser alcanzado sin ser buscado, ni la tranquilidad sin afanarse por ella, ni la felicidad sino a través del dolor. Sabe que todo buscador, en un momento u otro tiene que atravesar por un conflicto de deberes, un vuelco en su corazón y que, debido a una ilusión, el hombre toma lo falso como verdadero. Comienza a distinguir entre el cuerpo (no-yo) y Atman (yo) y a ver que mientras los cuerpos son perecederos y muchos, Atman es imperecedera y una. El esfuerzo está dentro del control del hombre, no es su resultado. Cuanto hay que hacer, es decidir en cada ocasión la línea de conducta y el deber, perseverando sin preocuparse por los resultados, porque el cumplimiento del deber con un espíritu de despego y sin egoísmo conduce a la libertad.
     Deja claramente establecido el espíritu y la naturaleza de la acción correcta, y muestra como el verdadero conocimiento debe expresarse en actos de servicio desinteresado. Enseña que la renuncia a la acción como tal no es posible sin la disciplina de la acción desinteresada, y que ambas son finalmente una sola. Revela la gloria de la devoción permitiendo un vislumbre de sus divinas manifestaciones. La visión de Dios sólo es posible por medio de una devoción total. El contenido de la devoción debe producirse de forma natural. Habla de la fe y del sacrificio, austeridad y caridad realizados con fe, y los clasifica de acuerdo con el espíritu en que son realizados.
     Puede decirse que las enseñanzas se resumen como sigue: "Abandona todos los deberes y ven hacia mí, el único refugio". Esa es la verdadera renunciación. Pero abandonar todos los deberes no significa abandonar las acciones, sino abandonar el deseo de los frutos. Aun el más elevado servicio debe ser dedicado a Él, sin deseos.
     La doctrina de Krishna encierra dos ideas madres, dos principios organizadores de las religiones y de la filosofía esotérica. Estas son: la doctrina orgánica de la inmortalidad del alma o de las existencias progresivas por la reencarnación, y la que corresponde a la Trinidad o Verbo divino revelado en el hombre.
     Kansa nunca se rindió en su persecución contra Krishna y después de varios fallidos intentos, arqueros actuando a su servicio le encontraron finalmente y, atándole al tronco de un árbol de cedro tiraron sobre él sus flechas hasta que al tercer flechazo, con el nombre de Brahma en sus labios entregó su espíritu.
     El cuerpo de Krishna fue quemado por sus discípulos en la ciudad santa de Dwarka. Después de esto una gran parte de la India adoptó el culto de Vishnú que conciliaba los cultos solares y lunares de la religión de Brahma.