Introducción 

   La humanidad tiene un doble origen, divino y terrenal. Celeste es el origen de su alma, anterior y superior a la tierra cuyos elementos fueron fecundados por la esencia cósmica, sin la cual la materia sería solo una masa inerte.
   Las diferentes razas que comparten el Planeta son hijas de diferentes tierras y zonas. Pacientemente y a través de millones de años, cada continente ha parido su flora y su fauna, coronándola con una raza humana de color y características diferentes.
   El continente austral desaparecido bajo el último gran diluvio fue la cuna de la raza roja primitiva de la cual es un remanente los indios de América. El África es la madre de la raza negra llamada etiópica por los griegos. El Asia es la cuna de la raza amarilla. La última en nacer fue la raza blanca, emergiendo de los bosques europeos en medio de las tempestades del Atlántico y las brisas Mediterráneas. Las múltiples variedades humanas son resultado de las mezclas, combinaciones y degeneraciones de esas cuatro grandes razas que se han esparcido por todo el globo dejando las huellas de sus maravillosas civilizaciones…..Los templos hindúes, las pirámides en Egipto, México, Perú, etc.
   Según las tradiciones brahmánicas, la civilización comenzó sobre la tierra hacen unos 50,000 años con la raza roja cuando Europa entera y parte del Asia estaban sumergidas todavía. Esas mitologías nos cuentan también sobre una raza de gigantes anterior. En cavernas tibetanas se han encontrado restos de unas gigantescas osamentas cuya conformación es más semejante al mono que al hombre, sugiriendo una humanidad primitiva e intermedia, aún cercana a la animalidad y todavía sin lenguaje articulado o algún tipo de organización social o religiosa.
   Cuando el hombre comienza a hablar nace la sociedad y la intuición sobre Dios y un origen divino. El soplo de Jehová en la boca de Adán, el verbo de Hermes, la ley del primer Manú, el fuego de Prometeo. Dios palpitando en la fauna humana.
   La raza roja ocupaba el continente Austral, llamado Atlántida por Platón, sumergido por un gran cataclismo que dispersó sus restos. Algunas razas polinesias, igual que indias de la América del Norte y los aztecas mexicanos son supervivientes de la antigua raza roja cuya civilización tuvo gran gloria y esplendores materiales.
   El tipo superior de la raza negra, el abisinio y el nubio, que aun conservan el molde de esta raza en su momento de apogeo, gobernó el planeta después de la raza roja. Invadieron el sur de Europa y fueron rechazados por los blancos. Durante su gobierno tuvieron centros religiosos en el Alto Egipto y Judea y sus ciudades ciclópeas coronaban las montañas del Cáucaso, de África y del Asia Central. Su organización social era una teocracia absoluta. Sus sacerdotes tenían profundos conocimientos del principio de la unidad divina del universo y del culto de los astros que, bajo el nombre de sabeísmo, se infiltró en los pueblos blancos.
   Así como el sol africano incubó la raza negra; los hielos del ártico parieron la blanca y hombres de cabello dorado y ojos azules vinieron del norte acompañados de perros y renos, atravesando selvas guiados por hombres temerarios y mujeres videntes. Esta raza inventó el culto del sol y del fuego sagrado. La raza blanca gustó de la libertad individual, la sensibilidad reflexiva y del predominio del intelecto. La sensibilidad hizo que el hombre se inclinara por la monogamia, el matrimonio y la familia. Creó el culto de los antepasados y así "el gran antepasado" llega a ser el Dios de la tribu dando inicio a la religión.
   La raza blanca fue forzada a despertar por los ataques de la raza negra que comenzaba a invadir el sur de Europa y era superior en poderío bélico puesto que contaba con armas de hierro y armaduras de bronce mientras que los blancos solo tenían lanzas, arcos y flechas. Los blancos fueron aplastados en el primer choque y llevados cautivos como esclavos de los negros que les forzaban a trabajar la piedra y a llevar mineral a sus hornos. Así aprendieron los blancos de los negros la fundición de metales y la escritura sagrada y algunos cautivos escapados llevaron a sus patrias los usos, las artes y las ciencias de sus vencedores. La lucha entre las razas negra y blanca duró siglos y la salvación de los blancos se debió a sus selvas, donde se escondían para salir en los momentos oportunos. Mejor armados, aguerridos y enardecidos de siglo en siglo, pudieron al fin desquitarse y echaron abajo las ciudades de los negros, arrojándolos de las costas europeas e invadiendo a su vez todo el norte de África y el centro de Asia, ocupada por diversas tribus. En Asia, Irán y la India los pueblos de raza blanca fundaron las primeras civilizaciones arias, mezclándose a pueblos de color diferente.
   La mezcla de las razas negra y blanca se operó pues por dos medios, por conquista belicosa y por ocupación pacífica dando origen, según dice Fabre d'Olivet a los pueblos llamados semíticos y arios. Los pueblos semíticos se formaron donde los blancos habían sido sometidos por los negros, como en los pueblos egipcios antes de Menes, los árabes, los fenicios, los caldeos y los judíos. Las civilizaciones arias, al contrario, se formaron donde los blancos habían reinado sobre los negros como los iranios, los indios, los griegos y los etruscos. Y, al incluir entre los pueblos arios a los pueblos blancos que habían quedado salvajes y nómadas tales como los escitas, los getas, los sármatas, los celtas y, más tarde los germanos, podemos explicarnos la diversidad de las religiones y escrituras.
   De las corrientes semita y aria nos han llegado todas las ideas, mitologías y religiones, así como las artes, ciencias y filosofías. Cada una de esas corrientes concibe la vida de manera diferente de las otras y si pudiésemos reconciliarlas y equilibrarlas obtendríamos la verdad misma.
   La corriente semítica contiene los principios absolutos y superiores: la idea de la unidad y de la universalidad en nombre de un principio supremo que conduce a la unificación de la familia humana. La corriente aria contiene la idea de la evolución ascendente tanto en los reinos terrestres como en los supraterrestres, conduciéndonos en su aplicación a una diversidad infinita de los desarrollos de la naturaleza en nombre de la riqueza y las aspiraciones del alma. El genio semita desciende de Dios al hombre; el genio ario asciende del hombre a Dios. Uno está representado por el arcángel justiciero que baja a la tierra espada en mano, y el otro por Prometeo, que, llevando en la mano el fuego robado al cielo mide el Olimpo para traerlo luego a la tierra.
Nosotros llevamos esos dos genios en nuestro interior. Ellos se contradicen y combaten eternamente en nuestros sentimientos y pensamientos manifestándose tanto interna como externamente. El avance y la salvación de la humanidad dependen, sin embargo, de su conciliación y de su síntesis.
Siguiendo el curso de la corriente semítica que encontró al Dios único -el Espíritu Universal- llegamos a Egipto a través de Moisés y, remontando la corriente aria, que encontró los dioses, los espíritus múltiples en el fondo de los bosques, llegamos a la India donde se desenvolvió la primera grande civilización como resultado de una conquista de la raza blanca. India y Egipto son dos madres de religiones, ambos países tuvieron el secreto de la iniciación.
En la India el pensamiento es profundo y finos los sentimientos. Los himnos védicos son de gran elevación moral y encontramos un gran sentimiento de lo divino en la naturaleza, de lo invisible que la rodea y de la gran unidad que todo lo penetra.
El primer creador de la religión aria, al mismo tiempo que conquistador, un iniciado, lleva de la mano el fuego místico sagrado que iluminará a todas las razas.