Buda

     En un ramal nepalés de los Himalayas y el río Rohini se asentaba la raza de los Sakias, palabra que significa Los Poderosos.
En el siglo VI antes de la Era Cristiana nació allí un niño al que llamaron Sidarta. Su padre, Sudodana, era uno de los muchos reyes del país. El nombre de Gautama, parece indicar una familia de cantores védicos de este nombre, sus ascendientes paternos.
     Gautama pasó su infancia en el lujo y la ociosidad, aun así, siempre demostró una piedad sin límites y una búsqueda ansiosa del por qué de las cosas. Un ave herida, un perro agonizante le llenaban de horror.
     Llegado el tiempo y de acuerdo a la costumbre, Gautama contrajo matrimonio y tuvo un hijo llamado Raúla pero toda su felicidad no parecía bastarle. Se cuenta que, durante un paseo encontró a un anciano, un enfermo y un muerto, enfrentándose con la negra hondura de la miseria humana.             Entonces decidió renunciar a la corona y abandonar para siempre su palacio, su familia y sus riquezas para consagrarse a la vida ascética en busca de respuestas. Contaba 29 años de edad cuando abandonó el palacio de su padre en pos de la liberación interior y la verdad.
     Errando con la cabeza rasurada y envuelto en amarillo sayal, escudilla en mano y pidiendo limosna encontramos al descendiente de los sakias convertido en monje (Sakia-Muni). Primero se dirigió a los brahmanes pero no se sintió satisfecho con sus enfoques aunque por ellos aprendió ciertas prácticas de respiración y meditación para alcanzar la perfecta concentración interior. Luego pasó cinco años entre cinco ascetas jainos sin que su rígida disciplina le produjera tampoco gran satisfacción. Entonces decidió permanecer sólo entre los bosques y fue a sentarse bajo un árbol inmenso bajo cuyas ramas se entregó a la meditación. Un pastor que pasaba, encantado con el aspecto del asceta y su aura benéfica le llevaba leche y bananas todos los días. Allí permaneció según cuenta la tradición durante siete años, practicando sus ejercicios de concentración para alcanzar la iluminación. Al fin esta llego, a través de una serie de éxtasis durante el sueño.
     Según la leyenda, el primero de esos éxtasis condujo a Sakia-Muni al lugar conocido en la India como Kama Loka (mansión de los deseos), que es el Amenti de los egipcios, el Hades de los griegos, el Purgatorio cristiano. Así mismo es la esfera conocida por el ocultismo como mundo astral, conocido en occidente como esfera de la permeabilidad, caos sombrío y nebuloso. Allí Gautama fue asediado por toda clase de bestias feroces y su alma lúcida comprendió que ellas no eran más que sus propias pasiones de vidas anteriores, todavía vivas en el fondo de su ser. Escudado en su voluntad, avanzaba entre ellas, superándolas.
     En sucesivos sueños fue Gautama despertando a realidades y comprendiendo…Cada vez más. Como todos los profetas, tuvo que atravesar tentaciones y cuenta la leyenda que el demonio Mara murmuró en su oído: "Entra en el Nirvana, hombre perfecto. La época Nivánica ha llegado para ti". Buda le respondió: "No entraré en el Nirvana en tanto no se acreciente y se difunda la vida santa entre los hombres y no sea lo suficientemente predicada dondequiera."
     Aproximándosele un brahmán le dijo con menosprecio: "Un laico no puede ser brahmán". Buda le respondió: "El verdadero brahmán es aquel que destierra de sí mismo toda maldad, toda mancha, toda impureza."
     También fue tentado a través de los elementos: Viento, lluvia torrencial, frío, tempestades y tinieblas. Y esta conjuración de elementos es la representación del último y furioso asalto de las pasiones, expulsadas por el alma del Iluminado y que se abalanzaban ahora sobre él desde el exterior. Buda venció sobre todo.
     Comenzó Buda su predicción en Benarés con la conversión de cinco monjes a los que envió a predicar su doctrina diciéndoles: "Os halláis libres de todo lazo. Id por el mundo para salvación de las gentes, y la gloria de los dioses y de los hombres."
     La predicación de Buda duró 40 años. Los textos que relatan estos hechos describen la vida de los sentidos como turbulento océano irritado, con sus torbellinos y honduras insondables donde se bambolean las frágiles barquillas llamadas almas humanas. Luego, suavemente, son transportadas a una región más plácida donde el mar se calma. Por fin, sobre la llana superficie inmóvil, delinease una corriente circular que toma forma de embudo. En lo más profundo reluce un punto centelleante.      ¡Dichoso aquel que penetra rápidamente en el círculo y desciende hasta su fondo! Se encuentra en otro mundo, alejado del mar y de la tempestad. ¿Qué hay más allá de esta profundidad? El Maestro no lo explica. Sólo afirma que es la gracia suprema y dice "Yo os lo traigo".
     La tradición conserva el Sermón de Benarés, que es el Sermón de la Montaña de Buda:
"Me llamáis amigo, pero no me dais mi verdadero nombre. Yo soy el Liberado, el Bienaventurado, el Buda. Aguzad el oído. La liberación de la muerte ha sido hallada. Yo os instruyo, yo os enseño la doctrina. Si vivís sus preceptos, pronto tomaréis parte en lo que buscan los jóvenes que abandonan su país para convertirse en los sin-patria, y alcanzaréis la perfecta santidad. Aun en esta vida reconoceréis entonces la verdad, contemplándola cara a cara. Basta ya de mortificaciones, pues basta renunciar a todos los placeres de los sentidos. El sendero medio conduce al conocimiento, a la iluminación, al Nirvana. El sendero ocho veces santo, se llama: justa fe, resolución justa, justa palabra, justa acción, vida justa, justa aspiración, justo pensamiento, justa meditación. Esta ¡oh monjes!, es la verdad santa sobre el origen del sufrimiento: el anhelo de existir de nacimiento en nacimiento, con su placer y deseo inherentes, hallan aquí y halla su voluptuosidad, la sed de sensaciones, el ansia de transformación, la avidez del poderío. He aquí ¡OH monjes!, la santa verdad sobre la eliminación del sufrimiento: Supresión del ansia por la destrucción del deseo, apartándolo, desligándose de él, sin dejarle ya lugar.      Esta es ¡OH monjes!, la santa verdad sobre la extensión del dolor."
    Cuando Sakia-Muni se encontró en posesión de las cuatro verdades esenciales: el sufrimiento; el origen del sufrimiento; la eliminación del sufrimiento; el camino de la eliminación del sufrimiento, declaró que en el mundo de Brahma y de Mara, entre todos los seres, incluyendo brahmanes y ascetas, hombres y dioses, había alcanzado la felicidad perfecta y la suprema dignidad de Buda.
     Toda la predicación del reformador indio no son otra cosa que un perpetuo comentario bajo diversas variaciones del Sermón de Benarés.
     Esta doctrina es rigurosamente moral, de una imperiosa dulzura y de bienaventurada desesperanza.      Es una especie de conjura pacifista para llevar al mundo a su fin. Ni metafísica, ni cosmogonía, ni mitología, ni plegaria, ni culto. Solamente meditación moral. El objeto es poner fin al sufrimiento y alcanzar el Nirvana. Buda se desliga de todo y de todos. No confía en los dioses porque ellos han creado el mundo. Desconfía de la vida en la tierra, porque es la matriz de la reencarnación. Desconfía del más allá, porque aun allí perdura la vida y, por lo tanto, el sufrimiento. Desconfía del alma porque ansía la inmortalidad. La otra vida no es para él más que otra forma de seducción, una especie de voluptuosidad espiritual. Él sabe a través de sus éxtasis que tal vida existe, pero no desea hablar de ella.
"Paso a paso, hora por hora, parcela por parcela, debe el sabio purificar su yo como el orfebre purifica el metal." El yo, al cual la metafísica budista niega realidad, se convierte aquí en el principal agente. Hallar el yo es el fin de toda búsqueda. Poseer la amistad del yo es la más segura y elevada amistad, ya que el yo es el protector del yo. Es necesario sujetarlo por la brida, tal como se hace con el caballo. De esta disciplina se desprende finalmente un sentimiento de libertad, tal y como lo expresa más tarde San Francisco de Asís: "No debemos anhelar más que lo que está en nosotros mismos, como no necesita el ave otro tesoro que sus alas que guía a voluntad."
     Buda fue sin lugar a dudas y debido a la gran ternura de su alma, el creador de la religión de la piedad. Una religión sin Dios, moral sin metafísica que no tiende puente alguno entre lo finito y lo infinito, entre el tiempo y la eternidad, entre el hombre y el universo.
     Buda reconoce que de en día, de año en año, de encarnación en encarnación, por la victoria sobre las pasiones, labora el yo humano su perfeccionamiento. Pero no le otorga ninguna realidad trascendente, ningún valor inmortal. Buda cree en la cesación del mal por la cesación de la conciencia.    Buda fue el primero en divulgar la doctrina que los brahmanes mantenían en secreto en sus templos.      Esta doctrina, el verdadero misterio de la India, es la de la pluralidad de las existencias y el misterio de la reencarnación.. Él difundió esta verdad fuera de la India y entro en la conciencia universal. Aunque la reencarnación es repudiada oficialmente o velada por la mayoría de las religiones, no deja de desempeñar en la historia del espíritu humano, su misión de levadura vivaz.
     A la edad de 80 años Buda enfermó y murió en Kusinara.