Hamburguesa, papas fritas y coca cola = delincuencia juvenil

  

       Hemos leído recientemente en una revista internacional un inquietante reporte acerca de los nocivos efectos de la llamada comida chatarra sobre niños y jóvenes de Japón. De esa situación que empieza ya a alarmar a autoridades y educadores, destacan datos como los siguientes.

      

       Las madres japonesas están demasiado ocupadas para preparar comida para sus hijos. Millones de madres japoneses trabajan y dejan que sus hijos se preparen una sopa instantánea. Muchos niños y adolescentes no cenan en su casa casi nunca pues deben asistir a cursos nocturnos intensivos para aprobar exámenes de ingreso; su cena es una hamburguesa con queso y un refresco de alguna tienda de comida rápida.

 

       Un psicólogo universitario concluyó que hay una conexión entre la alimentación y la violencia. "De ahí la última explicación de moda para la alarmante ola de delincuencia juvenil de esos días: la culpa la tiene la adicción a la comida chatarra".

 

       Esto tiene su explicación científica: una dieta alta en azúcar pero baja en vitaminas y minerales llega a producir graves desequilibrios químicos. En un primer paso, consumir golosinas hace que el nivel de azúcar en la sangre de un niño se dispare, indicando al organismo que libere insulina, que neutraliza el azúcar, para recobrar el equilibrio. Sin embargo, a menudo la producción de insulina rebasa lo necesario y los niveles de azúcar sanguínea caen, volviendo al niño fatigado e irritable. De nueva cuenta el organismo reacciona, produciendo adrenalina y desencadenando una hiperactividad instantánea que puede llegar a la violencia. Este patrón se ha vuelto tan común que los japoneses tienen ya un término para describirlo: kireru, simultáneamente, "tronar bajo presión" y "dar una tarascada".

 

       En meses pasados investigadores universitarios se unieron a la policía para explorar los vínculos entre la comida chatarra y el crimen juvenil. El periódico Asahi Shimbum convocó a la sociedad entera a prestar atención a la alimentación de sus niños.

Como auxilio a los abrumados padres, el diario Tokio Shimbum publicó menús para prevenir el kireru; con la asesoría de un afamado nutriólogo recomienda 18 platillos entre los que se cuentan camotes y manzanas en caldo de limón, rollos de sardina y guiso de algas. Hattori lamenta que las comidas caseras y sanas, sin aditivos, hayan caído en desuso, e insta a las madres a cocinar por lo menos una vez al día con muchas verduras.

 

       El ministro de Educación solicitó a los legisladores que financien un estudio de la teoría del kireru. Osawa, autor de varios libros sobre alimentación y conducta antisocial, describe a los niños japoneses como malcriados, débiles y cansados y advierte: "De seguir viviendo con el tipo de alimentación que ahora consumen, pueden alcanzar la senilidad antes que sus padres".

       Por fortuna la ciencia ha hecho grandes avances y muchos cienciólatras tal vez se convenzan ahora de lo que los estudios demuestran, pero que nosotros hemos estado diciendo hace tiempo: el alimento debe ser vivo, integral y lo más cercano posible al estado en que la naturaleza nos lo entrega. Por ejemplo, Bernard Jensen ha repetido en sus libros, desde hace décadas, que somos lo que comemos y que no se puede vivir bien ni mucho con una dieta de café y donas.

  

       Por supuesto que no sólo Japón enfrenta esta situación terrible. Basta conocer las noticias de unos días en Estados Unidos, país donde cada día hay más gordos y enfermos. Para países como México el problema abarca varios aspectos. La ignorancia que nos lleva a la negación de nuestras tradiciones y cultura nos ha inducido a adoptar costumbres alimenticias de países desarrollados y altamente industrializados. Si en Japón o Alemania la gente vive de fast food en la carrera por ascender económica y socialmente, en México es muchas veces la pobreza lo que obliga a mucha gente a vivir de "gansito", coca cola y hot dog. Una fuerte distorsión de los valores culturales nos lleva también, por otro lado, en otras clases sociales, a preferir las pesadísimas (por los kilos de carbohidratos) comidas japonesa, china o italiana a una sopa de quelites o un nopal.

 

       Cierto que la ruda lucha por conseguir satisfactores materiales nos arrastra a todos y no parece haber nadie que nos ayude a hacer un alto y revisar nuestras actitudes (vea cómo los gobiernos planean sólo el crecimiento económico). ¿Qué hacer entonces, cómo preparar esa comida vitalizante y sana? ¿Cómo hacer que niños y adolescentes sustituyan el pastelito atiborrado de azúcar y chocolate por frutas, verduras, legumbres o carnes que aporten los nutrientes en forma natural y equilibrada? En primera, decidiendo hacerlo nosotros mismos, informándonos y reorientar nuestras actividades, entre ellas nuestra dieta. (Es difícil, si, pero es imprescindible). Por ejemplo, tratemos de desacostumbrarnos de comidas y golosinas que están siempre sobrecargadas de sal, especias, azúcar y porquerías varias. ¿Por qué el jugo envasado en tetra-brik que tantas madres y padres ponen en la lonchera de sus hijos tiene que estar pintado con un colorante artificial? ¿Por qué no nos gustarán las cosas como son?

       Una obra de reciente aparición (Nutrición infantil, de Katy Szamos) nos enseña la manera de interesar a los niños y hacerlos participar en la preparación de sus comidas, además de proporcionarnos menús, recetas e información sobre los alimentos que pueden ayudar a evitar problemas como la hiperactividad, la obesidad o el cansancio y conductas como las que empiezan a manifestarse con tal gravedad en la niñez de países industrializados y que aún estamos a tiempo de evitar si reorientamos nuestros valores y actitudes.

 

Lecturas Recomendadas:

 

Mi sistema naturista, Dr. Bernard Jensen, Editorial Yug, México.

 

Medicina natural y agradable, Atom Inoue, Editorial Yug, México.

R. O. F.