FENG SHUI Y SUPERSTICIÓN


     ¡Se abrió la caja de Pandora! Toda suerte de mancias, religiones, artes esotéricas y un sinfín de prácticas místicas llegan en desbandada del otrora lejano Oriente para asombrar al buscador de Occidente. Entre ellas aparece una práctica milenaria que se originó en China hace aproximadamente dos mil años según unos, cerca de cinco mil según otros: el feng shui, que en su sentido literal significa "viento-agua" y al que los amantes de las formas poéticas de interpretación han querido darle el significado de "la suavidad del viento en la quietud de las aguas", en una metáfora que sugiere la calma, la paz y el equilibrio. Del feng shui se dice que es un arte que comprende a profundidad los varios flujo e influjos de energías que hay tanto en el ambiente como en las casas, negocios, templos, centros de diversión y toda clase de lugares cerrados y que, utilizando ciertas técnicas de interpretación y adecuación o modificación física, logra equilibrar las fuerzas (yin-yang) y armonizar el entorno en beneficio del ser humano.

     El feng shui fue traído por vez primera a Occidente, vía California, hacia el año 1986 por un monje chino practicante del tantra tibetano y que pertenece a la secta del Sombrero Negro: Thomas Lin Yun. Sus detractores afirman que el feng shui de Lin Yun es falso, alegan que desvirtuó la enseñanza tradicional haciendo una interpretación personal de las técnicas milenarias a fin de hacerlas más comercializables. Lo cierto es que no existe un auténtico y un apócrifo feng shui sino decenas de ellos diseminados por buena parte de nuestro planeta y cada corriente se autonombra la escuela principal, lo que ha ocasionado el desconcierto entre los bien intencionados discípulos anglosajones, hispanos y americanos que embelesados con la nueva receta buscan una alternativa mágica para las varias crisis que atraviesan estas culturas. Los mexicanos (y mexicanas) no somos la excepción; descendientes de toda una tradición de curanderos y chamanes, el feng shui ha llegado a tierra fértil y, desafortunadamente, ha comenzado a proliferar a la sombra de la superstición. No hay duda de que en nuestro país existen promotores, que no maestros, de esta disciplina que trabajan con seriedad con el mejor ánimo de penetrar en las insondables paradojas del pensamiento oriental y en la profundidad de aquella sabiduría a la que con dificultad se podrá comprender cabalmente por el abismo cultural que, querámoslo o no, nos separa.

     Quizá la escuela que goza de mayor prestigio es la que sustenta su diagnóstico en la interpretación del I Ching o libro de las mutaciones, que es el depositario de la filosofía, pensamiento y sabiduría tradicional china. Este libro tiene aproximadamente tres mil años de antigüedad, ahí están las doctrinas de Confucio, de Lao Tse y de las mentes y espíritus más brillantes que la han enriquecido a través de los tiempos.

     El I Ching sería el libro más antiguo que se haya conservado en la historia de la humanidad y el saber interpretar sus ocho signos básicos o trigramas y sus varias combinaciones implica la dedicación de toda una vida. El doctor Gao Qi Min, quien fue profesor en la universidad de Pekín e investigador del I Ching y que actualmente radica en la ciudad de México, nos dijo en una entrevista: "En China hay más de mil millones de habitantes... y sólo habemos cien expertos en la interpretación del I Ching". Es decir, el feng shui es el resultado de miles de años de paciencia y observación reverente de la naturaleza junto con un particular desarrollo filosófico de una cultura que escasamente acertamos a entender en toda su magnitud, por tanto, esta disciplina nos merece mayor estudio y respeto. Esto, evidentemente, ha quedado en segundo término en Occidente

por el afán egóico de algunos promotores de erigirse en maestros y por el ánimo consumista de nuestras sociedades al convertir esta disciplina en un artículo que puede generar buenos dividendos económicos en cursos de fin de semana, por la venta de libros (recetarios) de decoración de interiores, por los consejos simplistas y la interpretación superficial de supuestos gurúes que prometen cambios sustanciales en la salud, el dinero o el amor del eventual cliente con tan sólo colocar ciertos amuletos que generalmente ellos curan y venden para las paredes del hogar, talismanes en puertas y ventanas, flautas de poder acá, esferas "bagua" allá, espejos y otra suerte de objetos que hacen de la residencia o la oficina una especie de bazar de artículos depositarios de la esperanza, cuando no sugieren la remodelación de una parte del negocio o habitación.

Por otra parte, es necesario decir que los cambios estructurales para nuestra paz espiritual y las mejoras sustanciales en nuestra vida provienen del interior del ser y que éstos exigen disciplina, la que evitamos y en su lugar optamos por la cómoda solución de colgar un fetiche. Muchos verdaderos maestros de la antigüedad hacían del feng shui un complemento de sus estudios religiosos, de su práctica del tai chi y de su entrega a la meditación. La cultura oriental nos ha recordado el camino de la interiorización como el sendero de la real transformación ya por la senda del Ch´an (Zen) o el Tao, que si bien no son los únicos caminos que llevan a la realización si son fuente fidedigna de inspiración. Así, el feng shui no es la fórmula para las necesidades más apremiantes que ahora nos aquejan; de haber tenido este poder probablemente nunca se habría generado tanta violencia, persecuciones y profanación de templos que fueron construidos con base en el feng shui a partir de la culminación de la llamada revolución cultural maoísta en 1949. Es probablemente algo más simple: es el mirar y tratar con respeto a los objetos y campos que nos rodean para que ellos sean el espejo de nuestra armonía interior y aprender que no es que se tenga que reacomodar al universo para satisfacer nuestras necesidades egoístas, sino entender que las cosas aparentemente inanimadas también tienen un sitio tan respetable como el nuestro en el cosmos. El viento es etéreo, es el espíritu, y el agua es la sustancia material. El feng shui nos enseña que si el viento está inquieto las aguas se agitan y que si el viento es suave las aguas se aquietan.

F. Fernando Ruiz-Torres