La bandera mexicana
 
La bandera mexicana
-verde, blanca y roja-
en sus colores aloja
la Patria en flor soberana.
Cuando en las manos tenemos
nuestra bandera,
es como tener entera
agua, naves, luz y remos.
 
Cuando alzamos sus colores,
siente nuestro corazón
la dicha de una canción
que se derrama en flores.
 
Por amor a mi bandera,
les digo a todos "hermano."
El que la lleve en la mano
lleva la paz donde quiera.
 
Paz, trabajo, amor y fe
son de mi bandera el cielo.
Yo quiero, por todo anhelo,
digno de ella estar al pie.
 
                       Carlos Pellicer

 

 

LA BANDERA
 
Bandera bella y blanca
honras mi corazón
impartes el respeto,
a toda la nación.
 
Bandera tricolor
bandera de mi amor
tu pureza me ilumina,
todo el corazón
 
Bandera de mi patria
representas la nación
das alegria y gloria,
a través de tu aguilón.
 
Eres de tres colores
muy brillantes como tú
todos te quieren tanto
que te brindan mil honores.
 
                              Virna Béjar Gutiérrez

 

 

 
Bandera nacional

 

BATIDA POR EL VIENTO
 CON LA INVISIBLE NATURALEZA AÉREA
 EN SU CONTORNO,
 HINCADA EN SU TIERRA
 LA BASE CON FIRMEZA,
 SE LEVANTA LINEAL
 APUNTANDO AL INFINITO
 EL MÁSTIL AL QUE SUS LISTONES
 LE ATAN.
 
ALBO COMO ESTA SU CENTRO
EL AVE SÍMBOLO
EL AVE ESCUDO SOBRESALE;
FRESCURA EMANA EN UN EXTREMO
COMO EL COLOR DE LIRIOS
EN EL LAGO QUE FUE
EN EL VALLE MILENARIO
Y CALOR IRRADIA
COMO EL ETERNO SOL DE ANAHUAC
DONDE EL LÁBARO TERMINA.
 
NOTABLE CENTINELA
DE PLAZAS Y CASTILLOS
DE HONORES, NÚCLEO
DE ESCOLTAS, TESORO
Y DEL CANTO NACIONAL
INSPIRACIÓN Y ESENCIA.
CLARÍN, REDOBLE Y SALUDO.
HIMNO, VIBRACIÓN Y OFRENDA.
 
DECLAMACIÓN PERMANENTE
EN LOS PATIOS DE HOMENAJE,
PUNTA DE COLUMNA EN EL DESFILE,
DESTINO DE LOS TOQUES
PRINCIPALES DEL TROMPETA,
SAGRARIO EN LOS RECINTOS
Y DUELO CUNDO IZADA QUEDA
EN MITAD DEL ASTA.
 
ESTALAGMITA DE MARCIAL ESPIGA
Y DE EBANISTERÍA RESULTANTE,
QUE EL ESTANDARTE TRICOLOR ESCALA
COMO ESPLENDENTE ENREDADERA.
Y EN SU EMINENCIA,
EMBELLECIDA POR EL CIELO
QUE LA ENVUELVE,
ESBELTA Y ESPACIAL SUS ONDAS HACE.
Por José Raúl Zubieta Ramos*