CARMEN CONDE

(1907 -1996)

Carmen Conde Abellán nació en Cartagena en 1907 aunque su infancia transcurre entre esa ciudad y Melilla, donde vive de 1914 a 1920, y Madrid donde se establece definitivamente en 1939.
Estudia magisterio en la Escuela Normal de Murcia y más tarde Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia. Publica su primera obra, Brocal, en 1929.
En 1931 se casa con el poeta Antonio Oliver Belmás, el cual fallece en 1968, y fundan y dirigen la Universidad Popular de Cartagena . Fundan también, tras la guerra civil, el Archivo Semanario de Rubén Darío en la Universidad de Madrid. Trabaja como profesora de literatura española en el Instituto de Estudios Europeos y en la Cátedra Mediterráneo de la Universidad de Valencia en Alicante.
Su obra predomina la poesía ha escrito teatro, prosa, libros para niños, estudios, antologías, etc.

 

Llamando al hijo

  Cuando tu me llamas
todos los pájaros cantan;
la mar y sus caracolas
al corazón lo levantan.

  Cuando tú me llamas
el cuerpo se sobresalta:
que es un romero sin sed
y no necesita el agua.

  Cuando tú no me llamas
la vida se me desgana.
Se convierte en un erial
que ya no produce nada.

 

Pero, mi niño es tan débil...

  Le dije a la luz: no quiero
que la noche me persiga.
Y la luz me contestó:
lo imposible, no lo pidas.

  Quiero que todos me vean
porque estoy desconsolada;
el amor que era mi vida,
la noche siempre lo apaga.

  Ya no vendrá por la noche,
sólo brillará en el día.
Es un amor tan pequeño
que necesita alegría.

  Yo puedo quererle siempre,
si hace sol o no lo hace.
Pero, es un amor tan débil
que necesita alumbrarse.

 

 

El pájaro ruiseñor
  
  A mi me canta en el pecho
un pájaro ruiseñor.

  A ti te canta en la boca
el beso que te doy yo.

   Cuántas aves se reúnen
para hacerse una canción!

  Abro la mano y espero
que se pose el ruiseñor.

  Cierras la boca y en ella
se mete mi corazón.

   Cuídalo como yo cuido
en mi pecho al ruiseñor.
 
 
 
 
 
GALOPARON, GALOPARON...
 
 
Galoparon, galoparon
sobre arenas de los mares
ágiles caballos blancos.
 
Unos caballos blancos
que nunca tuvieron amos.
Sobre arenas de los mares
los caballos galoparon.
 
Llevaban las crines sueltas:
cabelleras de muchachas
que unas túnicas vestían
como los caballos, blancas.
 
Y qué galopar tan certero,
qué crines sueltas al viento
en un correr tan ligero
 
(Si por algo yo lo siento
es porque no te vi a ti
sobre uno de ellos, corriendo.)
 
 
 
 
 
LA NIÑA EN SU BALCÓN
 
  A Don Antonio Machado
 
  Estaba la niña sentada
sentadita en su balcón.
En la mano tenía una rosa
y en el pelo llevaba otra flor.
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
Pasó un gentil caballero
Dios sabe por qué pasó.
En el cinto llevaba una espada
y en la gorra llevaba una flor.
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
Le cantaron las mozas del pueblo
Y qué galán es el señor,
que del cinto le pende una espada
y en la gorra le luce una flor
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
Él le dice a la niña sentada
sentadita en su balcón:
«Si tú quisieras, mi vida
yo sería tu servidor.»
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
Se levanta la niña contenta
y abandona su balcón.
A la plaza se baja la niña
y al caballero miró.
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
«Si contigo me llevas voy
para encontrar el amor.»
El caballero le contesta:
«El amor, niña, soy yo.»
Ay, ay,
llevaba una flor.
 
El caballero a la niña
en su caballo montó
y los dos se fueron juntos
uniditos en amor.
Ay, ay,
llevando una flor.

 

 
 
 

 

 
 
ROMANCILLO DEL RÍO
 
 
Junto al río arrodillarse,
hundir la mano en su agua;
ver resbalar el paisaje
en el Rió, mientras canta.
 
Corre o va despacio el río,
empujan su caminata...
qué hermosura la de ir,
la de dirigirse hasta
 
su rumbo final. El agua
no es muda, dice palabras.
Van sobre su cuerpo, leves:
las nubes las soliviantan.
 
Qué dulce es arrodillarse,
quieto el ademán, extática
de la mano en inmersión
la cadencia de las aguas.
 
Acaricia el hondo son
de voz que se eleva, canta
y entrega con su canción
un relieve de manzana.
 
Véngannos días de amor,
véngannos que el río se escapa
si no lo detengo yo
desde la orilla del alba.