Mario Garrido Lecona

 

A mi hijo
 
Nunca creí poder querer como te quiero,
quererte más que a nadie, que a mí mismo,
pensar en tí al final, en tí primero,
igual sobre la cumbre que al fondo del abismo.
 
Quererte sin reclamo de cariño,
sin pedirte igualdad de sentimientos
quererte porque al fín, mi dulce niño,
producto fuiste de nobles sentimientos.
 
Si pudieras mirarte como eres,
todo lleno de infantil ternura,
que despiertas en todas las mujeres
el celo maternal de una criatura.
 
No pronuncian tus labios la palabra
pero expresan tus ojos cuando miras
emociones tan hondas que taladran
y enternecen también cuando suspiras.
 
Tu sonrisa transporta y arrebata
a regiones de calma y de ventura,
donde todo sufrir, se desbarata
y se torna por cálida ternura.
 
Si pudieras sentir lo que yo siento
cuando lleno de gozo me acaricias,
o miro en tus sonrisas el contento,
inocente, sin dolo ni malicias.

 

 

Para nacer ¡que trabajo!
 
Para nacer ¡que trabajo!
que dolor y que impaciencia,
para la madre que de tajo,
que duplica su existencia.
 
Que tremendos los dolores,
-de solo verlos me aflijo-
porque nazca en sus amores
aquel tan deseado hijo.
 
El sufrimiento que siente
de todo mal la redime,
que el brote de la cimiente
es el momento sublime.
 
¡Que feliz la madre llora,
alterna risa con llanto
callados ruegos implora
de los santos, al más Santo!