La masonería

¿Motor secreto de la Historia?

De la revelación a la transformación 
La auténtica historia y naturaleza de la masonería aparece velada
por la cantidad de información contradictoria que ha circulado sobre
la misma. Orden iniciática cuyos orígenes se pierden en el pasado,
se convirtió hace 200 años en la promotora de revoluciones que
trastocaron el orden mundial.

 

       A la luz de la investigación histórica y doctrinal, la masonería no aparece como una "sociedad secreta", una secta subversiva o una organización clandestina y oculta cuyo propósito seria conspirar para la implantación de un sistema político-social determinado, características que muchos han querido ver en ella. La masonería no responde a las notas que serían propias de una sociedad secreta, pues está legalmente reconocida y registrada, cuenta con locales visibles y se conocen sus líderes.  Por lo que se refiere a su filosofía y sus fines, rebasan con mucho el plano de lo político, lo social y lo cultural.  Esto no quita para que a veces haya podido funcionar como tal sociedad secreta o subversiva, por las razones que apuntaremos.
       La masonería es una auténtica orden u organización iniciática, semejante a las que dieron vida a los misterios de la antigüedad griega o egipcia, la única que ha sobrevivido como tal en el Occidente moderno. En ella confluyen las más diversas corrientes del esoterismo occidental y oriental, desde el pitagorismo al neoplatonismo, desde la Cábala judía a la herencia céltica y druídica, desde los misterios egipcios o mitraístas a la mística y el esoterismo cristianos.
       Este carácter iniciático de la masonería explica en gran parte la animadversión instintiva que despierta en amplios sectores.  En una época como la actual, en la que se pretende que todo tiene que ser accesible  a todo el mundo, es lógico que se considere inaceptable la existencia de una institución que afirma ser portadora de verdades reservadas a uno pocos, que se mantienen ocultas y en secreto, y a las que solo puede accederse mediante una estricta escala jerárquica.       

Orígenes místicos

El origen de la orden masónica, de sus doctrinas y sus ritos, se pierde en la noche de los tiempos, pues los mismos documentos masónicos proclaman con insistencia que esta fraternidad es tan antigua como el arte de construir, practicado por el hombre desde sus mismos orígenes.  La leyenda de Hiram, relato mítico de la mayor relevancia para la masonería, vincula sus orígenes a la construcción del Templo de Jerusalén por Salomón, el rey sabio y constructor cuyo ejemplo sería seguido por otros muchos monarcas, dando así lugar al nombre de Arte Real con que también se designa la vía espiritual masónica. Algunos textos la hacen remontarse incluso hasta Abraham, Noe e incluso Adán. Otros hablan del antiguo Egipto o de la Thule hiperbórea como cuna de su tradición.
       Ciñéndonos  a hechos históricamente comprobables, la masonería moderna es heredera de las antiguas organizaciones profesionales de constructores o albañiles libres o "francos"  (franc-macons en francés, free-masons en ingles), aquellas que gozaban de franquicias y privilegios otorgados por los reyes y la Iglesia. Tales cofradías o hermandades, organizadas en logias o talleres independientes, poseían un carácter religioso y contaban con una iniciación ligada al oficio. Este origen artesano queda puesto en evidencia por los objetos simbólicos que configuran el mundo ritual y conceptual de la masonería moderna: compás, escuadra, nivel, plomada, mazo o martillo, paleta, mandil, columnas, piedra angular, etcétera.
       Estos gremios constituyen la masonería operativa, así llamada porque su existencia va ligada al ejercicio efectivo del oficio. Aunque, en realidad, el trabajo sobre los materiales externos empleados en la construcción estaba íntimamente unido al trabajo interior que opera sobre el espíritu y la inteligencia. 
       Con el paso del tiempo, fue generalizándose la costumbre de admitir dentro de las logias a personas ajenas al oficio. Con la decadencia del arte constructor, este elemento externo, "aceptado", iría adquiriendo preponderancia sobre el elemento interno y operativo, lo que traería como consecuencia una progresiva acentuación del carácter especulativo de las logias.
       El otro venero del que se nutre la tradición masónica es la herencia de las ordenes de caballería, y en especial de los Templarios. Esta filiación se trasluce en algunos de los utensilios empleados en los ritos masónicos como la espada o el hacha, y en la heráldica de los altos grados. 
       Son muchas las leyendas que hablan de la conexión de la Orden del Temple con la masonería, especialmente en su rama "escocesa": desde las que relatan el refugio de los templarios en Escocia hasta las que insinúan que Jacques de Molay transmitió la gran maestría templaría a un noble escocés.  Pero es que otras órdenes religioso-militares de la época, desempeñaron una labor constructora de gran importancia . En diversas localidades europeas, como París, existían además agrupaciones de masones "libres", orgánicamente vinculados al Temple, que siguieron existiendo después de la disolución de esta Orden. En dichas logias se refugiaron muchos de los templarios que consiguieron sobrevivir a la persecución desatada contra la orden del Temple en 1317, aportándoles con su incorporación todo su caudal esotérico, místico y especulativo.  
 
La moderna francmasonería. 
 
Tras la desaparición de la cultura medieval, el arte sacro de la construcción de templos, sufrió una tremenda regresión, lo cual a su vez sumió en una profunda decadencia a las asociaciones de masones libres agrupados en torno a su oficio. Con todo, en las diversas naciones europeas, pero sobre todo en Inglaterra, donde las asociaciones de masones libres habitan gozando de mayor fuerza, siguieron existiendo multitud de logias que, con muchas dificultades, en medio de un clima de luchas dinásticas y religiosas, trataron de preservar la herencia recibida del pasado.  En 1717 cuatro de tales logias, integradas sobre todo por masones "aceptados" no vinculados al trabajo de artesano, se reunieron en la ciudad de Londres y decidieron fundirse para de ese modo constituir una logia fuerte y unida capaz de disciplinar y centralizar la actividad masónica: la Gran Logia de Inglaterra. Nació así la masonería actual o "masonería especulativa".
       En la creación de la Gran Logia desempeñaron un papel fundamental dos personajes clave, representativos de la mentalidad dieciochesca: el pastor presbiteriano James Anderson y el hugonote francés emigrado Jean-Théophile Désaguliers. El primero desarrolló una función de teórico y organizador, ocupándose de redactar las Constituciones, que se convertirían en el texto fundacional de la masonería moderna, mientras que el segundo asumió la función de propagandista de la nueva institución, que difundiría de manera entusiasta, sobre todo en Francia. Dado su carácter de pastores, Anderson y  Désaguliers dieron a la Gran Logia una orientación claramente protestante, orangista y anticatólica.
       Desde Inglaterra, la masonería se fue extendiendo al resto de Europa y del mundo. Pero el propósito unificador, centralizador que movió a la creación de la Gran Logia de Inglaterra no consiguió el éxito apetecido. A pesar de que la Gran Logia inglesa se otorgaba el derecho a legitimar el resto de las iniciativas masónicas, fueron surgiendo ramas que no se sometieron a sus directrices y funcionaron de forma independiente.  Este fue el caso del gran Oriente.
       En París, tras una serie de conflictos internos y externos, se creó en 1773 l Gran Oriente de Francia, escindido de la Gran Logia de Francia, en el que la nobleza ocupó en un principio los cargos de mayor relieve.  Con ello, tenemos ya las dos Obediencias o ramas principales de la Franc-masonería, cuya influencia se iría extendiendo por todo el mundo. La Gran Logia se desarrollo sobre todo en los países anglosajones, mientras que el gran Oriente consiguió una mayor difusión e implantación en los países latinos            
 
El escotismo
 
A mediados del siglo XVIII comenzó a perfilarse en Francia una importante corriente masónica que tendría gran trascendencia para el futuro: el escotismo.  Es la rama conocida con el nombre de "masonería escocesa", caracterizada por su sistema de altos grados, la cual encontraría una favorable acogida sobre todo entre los regimientos irlandeses y escoceses integrados por seguidores de los Estuardos que tenían sus cuarteles en la nación gala.
       El escotismo comenzó con la publicación, en 1738, del célebre Discurso de Ramsay, noble escocés, católico y jacobita (es decir, partiendo de los Estuardos, Jacobo I y Jacobo II),  exiliado en Francia. Andrew Michael Ramsay, discípulo de Fenelón el gran místico y escritor sagrado Francés, obispo de Cambrai es una de las figuras más fascinantes de la historia de la Franc-masonería. Entusiasta de la Edad Media, y en especial de las ordenes de la Caballería, el aristócrata estuardista, sostuvo en su interesante Discurso que la masonería nació en Tierra Santa, habiendo sido creada por los cruzados como un ingrediente más en la grandiosa empresa a reconquistar Jerusalén y reconstruir su sagrado Templo. Para Ramsay, el masón era el nuevo caballero de los tiempos modernos cuya misión consistía en construir una comunidad cristiana universal por encima de las naciones, regida por Dios, basada en la hermandad y puesta al servicio del bien y de la verdad.
       No es que Ramsay creara el sistema de los altos grados, como tantas veces se ha dicho, pero abrió con sus ideas el camino para el ulterior desarrollo de este sistema, de tanta importancia en la moderna masonería especulativa. Con sus propuestas de introducción de nuevos grados, por encima de los tres de la primitiva albañilería, Ramsay se proponía devolver a la masonería especulativa su profundo carácter  espiritual, místico e iniciático,  y contrarrestar a la tendencia protestante, moralista y antiesotérica, que le habían impreso Anderson y  Désaguliers. Aunque no se pude decir que sus esfuerzos resultaran un fracaso, no se verían tampoco coronados por un éxito total: las propuestas fueron rechazadas por la Gran Logia, que se negó a admitir grados superiores a los de la iniciación artesanal. 
 

 

 

Dios, como supremo hacedor y Gran Arquitecto del Universo, es el pilar sobre el que reposa todo el edificio espiritual de la masonería.

 

Doctrina y filosofía
 
Todo el edificio espiritual de la masonería descansa sobre la reverencia al Gran Arquitecto del Universo, Dios, el Principio o Ser Supremo, contemplado en su función de constructor del edificio cósmico o creador del orden universal, como corresponde a una iniciación vinculada con el trabajo de albañiles y arquitectos.  La doctrina masónica enseña que la masonería es tan antigua como la Creación, ya que el creador es el primer masón, el supremo hacedor, el obrero divino que construye el mundo. El gran arquitecto es representado por la letra G y por el triangulo con el ojo que todo lo ve. La obra del trabajo masónico consiste en construir el templo de la humanidad y del universo, microcosmos y del macrocosmos: un templo dedicado a la gloria del gran arquitecto y que tiene su modelo y paradigma en el Templo de Salomón. Ese templo que hay que edificar o reconstruir es el ser humano; es el corazón o núcleo interior de la persona, el cual, como indica Albert Mackey, ha de transformarse en "un templo puro y sin tacha digno de ser la morada de Aquel que es el autor de toda pureza". 
Es también la humanidad concebida en su conjunto y el cosmos en que la humanidad vive, para que tanto la una como el otro recobren su unidad y su armonía bajo el principio divino. Explicando este simbolismo constructor, Oswald Wirth señala que la vida es por si misma construcción, exige construir sin cesar.  "Aprender a construir corresponde a la iniciación en el gran arte de la vida".
       Para la doctrina masónica, el hombre es la "piedra bruta" que ha de ser tallada hasta convertirse en "piedra perfecta" o, lo que es lo mismo, en "hombre verdadero". Y es precisamente la recuperación de la "palabra perdida", cuya búsqueda guarda un estrecho paralelismo con la búsqueda del Grial, lo que hace posible la reconstrucción del templo interior. Esa palabra perdida es la verdad por medio de la cual puede trabajarse, pulirse y tallarse la piedra humana. 
       La realización de la obra maestra es simbolizada por el pentagrama  o  estrella de cinco  puntas,  con  la G en el centro.  Es el emblema del hombre realizado - según el viejo esquema de Agripa von Nettesheim y Leonardo da Vinci, en el que cada una de las puntas inferiores de la estrella corresponde a uno de los  cuatro miembros, mientras que la punta superior   corresponde a la cabeza-, con su ser centrado en todo aquello que representa la letra G inicial de varios conceptos clave para la doctrina masónica: Gnosis, Geometría, Gaya o Ciencia, Dios (Good, el Gran Arquitecto).

El secreto masónico

 Como organización  iniciática y esotérica, la masonería es portadora de un secreto que constituye la esencia de su mensaje y de su misma razón de ser. Este se transmite, a su vez, por medio de cauces secretos, velados para el profano y que ningún masón puede desvelar, obligado por juramento.  Es el "secreto masónico" del que tanto se ha hablado, aunque no con gran rigor.
       Pero este "secreto" es algo común en cualquier vía espiritual de carácter esotérico y en toda disciplina iniciática de realización, desde el Pitagorismo a los misterios egipcios, del Sufismo al Shivaísmo, del Taoísmo al Zen.
       Al igual que ocurre siempre con una verdad de carácter iniciático, se trata de algo que es secreto por su propia naturaleza, por que es en sí mismo incomunicable.  Es una verdad que hace referencia a la más profunda realidad del hombre y a su transformación interior, que hay que descubrir por propia experiencia y que no puede expresarse ni transmitirse por los medios verbales y conceptuales ordinarios. A esta verdad oculta sólo pueden tener acceso quienes hayan sido debidamente iniciados, y después hayan recorrido el camino que se abre ante ellos.  Para descubrir ese secreto es necesario vivirlo, practicar con asiduidad y perseverancia el arte de vida o Arte Real en que consiste la vía iniciática. Por eso, como subraya Christian Jacq, "los libros que anuncian grandes revelaciones sobre los secretos masónicos no pueden ser más que imposturas, ya que el conocimiento último de las verdades de la Orden se alcanza en el interior de una logia y no puede ser comprendida sin ser vivida".
       El secreto masónico no implica la intención de ocultar nada que sea vergonzoso o inconfesable: por ejemplo, una finalidad conspiratoria, criminal o infamante. no se trata de una idea o de una acción que se que se haya decidido ocultar de manera más o menos arbitraria a la mirada del público, por un afán de segregarse del resto de la sociedad o por una manía de secretismo. Otra cosa es que, en determinados momentos de su historia, habiendo degenerado en organización política y subversiva, alguna rama del tronco masónico haya utilizado el secreto, entendiendo como eficaz arma para lograr sus fines. 

Una jerarquía iniciática 

        La organización masónica se articula a través de una escala jerárquica formada por grados sucesivos, que vienen a ser como los escalones por los que hay que ir subiendo para llegar al conocimiento de la verdad suprema y secreta transmitida por la Orden. El número de estos grados varía según los ritos: 3 en el Rito Inglés; 7 en el Rito Francés; 10 en el Rito Sueco; 33 en el Rito Escocés.  En algunos de creación tardía, como los llamados Ritos egipcios, el número de grados llega hasta 90.
       Los grados básicos, propia y genuinamente masónicos, son tres, reflejo de la antigua articulación gremial: aprendiz, compañero y maestro. Estos forman la llamada masonería azul o simbólica y existen prácticamente desde los orígenes de la moderna masonería especulativa. Estos tres grados corresponden a las tres fases de la iniciación masónica, en la que se actualiza la muerte y la resurrección interior del hombre. En los grados de aprendiz y compañero tiene lugar la primera muerte y el segundo nacimiento, por medio de los cuales se consigue la regeneración psíquica; en el grado de maestro sobreviene la segunda muerte y el tercer nacimiento, que suponen el paso del orden psíquico al orden espiritual, lográndose la regeneración integral del ser humano. Estos tres grados simbolizan las tres operaciones que lleva consigo el desarrollo de toda vida y, por tanto, también la vida interior: el nacer, el crecer y el producir.
       Sobre todo esta estructura básica se alzará posteriormente la ambiciosa construcción del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, con su jerarquía de altos grados, que van del cuarto al trigésimo-tercero. Es en ellos donde esta contenido el más hondo mensaje esotérico de la masonería. A diferencia de lo que ocurre con los tres primeros, los altos grados no están ligados al oficio artesano de la construcción, sino que se hallan vinculados al mundo de la caballería medieval. Toda su terminología, ritual, leyendas y simbolismo llevan el sello de la inspiración caballeresca, a las que se añaden motivos de la Cábala, del Hermetismo y de los Rosacruces, Y de tradiciones como la persa y la egipcia.
       Según René Guenón, los altos grados fueron instituidos para hacer posible la penetración en los más altos misterios espirituales y en la realización suprema.  En otras palabras, su misión era "realizar en la práctica la Gran Obra que la masonería simbólica enseñaba en la teoría, la consumación integral del progreso en todos los dominios de la actividad humana". Guenón lamenta que tales grados se hayan quedado por lo general en papel mojado, reduciéndose poco más que a unos títulos vistosos, y que no se los haya aplicado a la finalidad para la que fueron creados. 

Apogeo y decadencia

        Tras la constitución  de la Gran Logia de Inglaterra, la masonería experimentó un desarrollo espectacular. En el año 1717 fue creada por el Zar Pedro el Grande la primer logia de Rusia. En 1721 se fundó la primer logia de Bélgica, y en 1728, por el Duque de Wharton, las dos primeras logias españolas.  En 1730 se inició una logia en Calcuta y en 1733 fue fundada la primera Gran Logia americana. En 1737 apareció la primera logia alemana, donde fue iniciado el futuro Rey de Prusia Federico II el Grande.  A finales del siglo XVIII la masonería penetró y se extendió en la América española. En los tiempos anteriores a la Revolución Francesa, la afiliación a la Orden se convirtió en una moda. En un clima social que buscaba lo exótico y misterioso, la masonería causaba verdadero furor.  Abundaban las logias militares y eran numerosas las presididas por sacerdotes. La mayoría de los mosqueteros del Rey de Francia se agruparon en la logia L'Heroísme. Y la misma familia real se hallaba estrechamente vinculada a las logias a través de múltiples lazos. Se calcula que en 1784 había en Francia unas 800 logias dependientes del Gran Oriente y 170 dependientes de la Gran Logia. El número de masones franceses por aquella época debió oscilar entre 60,000 y 70,000.
       El paso de la antigua masonería operativa a la moderna masonería especulativa se traduce en un descenso de nivel, en una regresión y un empobrecimiento desde el punto de vista espiritual. Entre otras cosas, porque el abandono de la practica del arte - con la perdida de su dimensión operativa - se pierden también importantes aspectos de la tradición esotérica, preservada hasta entonces por las agrupaciones gremiales de artesanos. El masón Marius Lepage llega a afirmar que en 1717 cuando se inicia "la decadencia de la masonería auténticamente tradicional". Como importante carencia se ha apuntado la deficiente cualificación de quienes formaron la Gran Logia de Inglaterra en 1717, pues ninguno de ellos - masones agregados, en su mayor parte - poseía todos los grados de la jerarquía operativa, razón por la cual en un principio sólo existían en ella dos grados, los de aprendiz y compañero.  Aparte de esto, se acusa a Anderson y  Désaguliers de haber llevado a cabo una labor de deformación y tergiversación de los textos tradicionales masónicos y de haber destruido todos aquellos documentos antiguos de las agrupaciones masónicas operativas que no coincidían con sus propósitos de crear una institución de signo protestante. Los dos pastores responsables de la creación de la Gran Logia habrían aprovechado los quince años que van desde la muerte de Chistopher -el constructor de la catedral de San Pablo de Londres, último Gran Maestre de la masonería antigua-, acontecida en en 1702, hasta la creación de la Gran Logia en 1717, para realizar una labor desvirtuadora. Desaparecieron así formulas fórmulas muy arraigadas en los antiguos gremios, como aquellas que hacían referencia a la "fidelidad a Dios, a la Santa Iglesia y al Rey" como elementos capitales del espíritu masónico. 

Masonería y Revolución 

Durante el siglo XIX se produjo doble fenómeno, que iba a resultar nefasto para la masonería. Por un lado, el progresivo distanciamiento del auténtico ideal masónico, iniciático y esotérico, que se vería sustituido por ideas moralizantes o por humanitarismo profano de tipo sentimental y filantrópico, cuando no por una acusada inclinación a la acción política y social. Por otro lado, se dio una creciente infiltración de corrientes modernistas, contrarias a la esencia de la iniciación y el esoterismo, y por tanto diametralmente opuestas a los genuinos principios masónicos, como son el racionalismo, el librepensamiento, el naturalismo, el agnosticismo y el ateísmo. Esto promovió un destacado protagonismo en la mayoría de las revoluciones y los movimientos políticos e ideológicos que jalonaron la historia moderna desde finales del siglo XVIII. Muchos de estos llevaron hasta sus últimas consecuencias la vieja lucha jacobina contra "el trono y el altar", considerando por algunos autores como una idea de inspiración masónica, conectada a la "venganza templaria".
       Hubo una clara influencia masónica en la revolución e independencia norteamericana y en la redacción de su Constitución; la hubo en la Revolución Francesa de 1789, en la que participaron destacados miembros de la Orden, y que extrajo de las logias su ornato simbólico y gran parte de su parafernalia; también en la revolución de los "jóvenes turcos", liderada por Mustafá Kemal, que puso fin al sultanato en Turquía y llevó a cabo la occidentalización del país, y en las revoluciones liberales, constitucionales y republicanos que, junto con los movimientos nacionalistas e independentistas, desde la desintegración del imperio español a la génesis del fascismo italiano se extendieron por doquier a lo largo del siglo XIX por el viejo y el Nuevo  Continente.      
       El punto culminante de este proceso de involución interna y abandono de las propias tradiciones por parte de las masonería modernista llegó a finales del siglo pasado, cuando algunas obediencias de los países latinos suprimieron de sus constituciones la referencia al Gran Arquitecto del Universo, que hasta entonces había sido unos de los pilares de la doctrina masónica, pero al que las nuevas tendencias antirreligiosas consideraron un residuo de la superstición y el oscurantismo medievales, inaceptables para la mentalidad moderna, laica, racional y progresista. El lugar del Gran Arquitecto fue ocupado por la razón y el progreso, los principios democráticos y otra serie de dogmas políticos. Este radical abandono del teísmo fue acompañado por el desencadenamiento de fuertes persuasiones religiosas, nota característica de muchos de los  estados gobernados por el Gran Oriente.
       En semejante clima, no sorprendió ver hace tan solo algunos años la sede central del Gran Oriente, en París, reuniendo una magna asamblea de masones para cantar La Internacional con ocasión del aniversario de la revolución de La Commune. Convertido prácticamente en un partido político más, el Gran Oriente llego incluso a adueñarse del poder del Estado. De este modo, la República Francesa podrá ser calificada por Henry Coston como "La República del Gran Oriente". Y otro tanto podría decirse de las repúblicas Española, Portuguesa, Argentina o Mexicana, durante la primera mitad del siglo XX. 

El viaje de regreso

La masonería actual dista mucho de ser el todo compacto y homogéneo que muchos imaginan. En su seno existen multitud de tendencias no sólo dispares, sino a veces abiertamente enfrentadas. dentro del campo masónico actual, podemos distinguir dos corrientes claramente diferenciadas: la constituida por que Paul Naudon llama "las masonerías modernistas y racionalistas", por un lado, y "la masonería tradicional y regular", por otro. La primera corriente se halla animada por un espíritu antiesotérico, de ruptura con las más alta tradición masónica, que le lleva a despreciar no sólo la doctrina sino también los ritos, y símbolos de la Orden, mirados como producto de "fabulaciones pueriles y dogmáticas". La segunda, por el contrario, sabe ver la enorme importancia de todos esos componentes del patrimonio espiritual de la masonería.
       Es en esta última línea de ortodoxia y autenticidad masónica donde esta la esperanza para un futuro renacer de la Orden de la escuadra y el compás. "La Franc-masonería en la hora actual tiende y tenderá cada vez más a trascenderse por el estudio profundo de sus Ritos y su Simbolismo", afirma Jean Palou. Tratando de haber un balance final, habría que decir que la masonería, entendiendo como tal a una masonería reintegrada a su verdadera esencia y a su más puro arte, ese "arte regio" que define su naturaleza, tiene mucho que aportar al mundo actual. A pesar de notables desviaciones y extravíos, los rituales iniciáticos de la masonería siguen conservando actualmente una gran fuerza sacralizadora; esa fuerza que tanto necesita y con tanto afán busca la humanidad de nuestros días. "En el momento en que descubrimos los tesoros espirituales de las tradiciones orientales -escribe Jacq-, tenemos igualmente la posibilidad de estudiar la tradición esotérica de Occidente a través de los símbolos masónicos que han conservado la herencia de las mas antiguas civilizaciones".
       Recuperada su realidad iniciática y esotérica, reconciliada con sus propios orígenes y unida a otras fuerzas espirituales con las que ya no tendría que enfrentarse, la masonería podría ejercer una importante labor con la que contribuir en la urgente tarea de la reconstrucción universal.
 
                                                                                              De la revista año cero.