Las almas gemelas

Las relaciones entre adultos
Judy Hall

A pesar de todas las ideas románticas que suscite este tema, a menudo sufrimos mucho tratando de hallar un alma gemela o intentando entablar una relación adulta. Cuesta creer que pasemos a propósito tantas penurias, pero, como explica Mavis Klein:

"Cuando elegimos a nuestros compañeros más íntimos ponemos mucha atención y nos fijamos bien en las alegrías y tristezas que nos deparará relacionarnos con ellos. Atraemos el dolor en una tentativa de exorcizarlo. Salimos a perseguir situaciones penosas porque, aunque nos resultan conocidas, esperamos que esta vez tengan un final distinto. Sufrir en nuestras relaciones más íntimas desafía la rigidez de nuestra personalidad; por otra parte, cuando las relaciones afectivas nos deparan felicidad, nos acercamos al ideal que perseguimos para nuestro propio ser".

Las parejas que atraemos, sean almas gemelas o no, son un eco de nuestros esquemas de comportamiento, se adaptan a la perfección a nuestros receptores. Estos receptores tienen que ver con lo que esperamos del amor. En este sentido, fuimos construyendo nuestras expectativas a lo largo de varias vidas y son parte de nuestro ser. Tal vez nos toque lidiar con algunos de los siguientes asuntos "amorosos":

La dicotomía "virgen o prostituta". Es el enfrentamiento entre el amor sagrado y el profano. Tal vez esta disyuntiva se haya originado luego de pasar demasiadas noches en un monasterio o convento. El problema fundamental es que hay una búsqueda infructuosa de la perfección sumada al hecho de que, en estos casos, tenemos expectativas altísimas sobre nosotros y los demás, y a la vez la noción de que cualquier tipo de sexualidad es "mala". Erigimos un pedestal para nuestro amado o amada, a quien idolatramos e idealizamos. Cuando se empieza a portar como un mero se humano, un mortal capaz de equivocarse, nos aqueja una desilusión tremenda, se nos viene todo abajo. Todavía tengo grabada en la mente la imagen de una de mis primeras consultantes, que decía que el matrimonio sólo servía para procrear. Para ella el amor era otra cosa, no tenía nada que ver con el sexo. En su vida anterior la habían mandando a un convento para que se hiciese monja porque se había negado a casarse con el hombre elegido por sus padres. En su vida actual, estaba casada con una persona a quien ni siquiera amaba; como ya le había dado un hijo, no aceptaba volver a tener relaciones sexuales con él. Por otro lado, tenía un "amado", pero con él no podía ni casarse ni "hacer el amor". Hay gente que busca el celibato para evadirse del sexo y todo lo referente a la sexualidad.

El antídoto contra estas conductas es el amor incondicional. Otra forma de prevenirse es recordar que todo amor, incluso el sexual, es sano, natural y divino.

El agujero negro emocional. El miedo a la falta de amor es el más aterrador. Siempre se conocen casos de relaciones abusivas y avasalladoras donde uno de los dos se somete a cualquier cosa que se haga en nombre del amor por miedo a quedarse sin afecto. Detrás de estas interrelaciones, subyace un deseo desesperado, codicioso e incontenible de "amor". Hay mucha gente que no ve ninguna diferencia intrínseca entre lo que es abuso e ira y lo que es amor. Quizá el abuso y la ira sean toda la atención que reciban de los demás. Una frase muy común en ellos podría ser "Porque me quiere, me aporrea". Y, claro está, los que ejercen algún tipo de abuso sobre los demás, casi siempre ponen al "amor" como excusa. A quienes caen presa de esta pauta de comportamiento les cuesta muchísimo retomar aquella vida en la que recibían un amor total e incondicional. Ya se acostumbraron a quedarse con lo menos malo, pero la sed de amor se intensifica, no se aplaca.

Para revertir esta situación hay que aprender a hallar el amor bien adentro de nosotros en vez de salir a buscarlo en otra persona; hay que tomar ese amor divino o cósmico que hay en cada uno y ser capaz de amar, con la certeza de que nuestro corazón es una fuente inagotable de afecto.

"El amor tiene que ser perfecto". Con frecuencia, este lema impide que las relaciones florezcan ya desde el primer momento. Al buscar la perfección, se generan tantas expectativas y se persiguen ideales tan imposibles de alcanzar, que nadie pasa la prueba. El otro día, un hombre de cuarenta y pico me dijo que estaba cada vez más desesperado por encontrar su alma gemela. Eso sí, me aclaró, tiene que cumplir ciertos requisitos con respecto a su apariencia física, su forma de vestir y su inteligencia, y todo eso tiene que saltar a la vista. "Si en un principio no es lo ideal, no me sirve. No logro hacer que me interese". No es extraño que una persona así nunca pase de su primera cita, jamás se tome el tiempo necesario para conocer a alguien en profundidad, jamás deje crecer ninguna relación afectiva.
En cualquier pareja, esa pretensión de que todo siempre tenga que ser especial genera enormes tensiones en ambas partes. No hay lugar para los "errores" que dejan enseñanzas, ni siquiera hay espacio para ser humanos. El amor perfecto no admite días libres... ni siquiera los de la menstruación. Un consultante me contó que hacía el amor con su mujer más o menos una vez cada seis meses... "Pero nos salía a la perfección. Salíamos a cenar afuera; cuando volvíamos poníamos música suave, nos masajeábamos sensualmente y después hacíamos el amor con gran placer". Me comentó, también, que andaban muy entusiasmados buscando un bebé, así que planeaban todo para el día de la ovulación. "No sé por qué, pero no funcionó, y encima cuando me dejó y se fue con otro, quedó embarazada enseguida". Cuando insinué que tal vez la solución habría estado en tener relaciones amorosas más frecuentes, aunque no tan perfectas, me contestó sin rodeos: "No habría podido. Tenía que ser perfecto; si no, era lo mismo que nada".
La forma de salir de este problema es aprender, de a poquito, a ser más realista con nuestras pretensiones, a darnos tiempo para probar, incluso para cometer errores, porque, como luego nos iremos dando cuenta, eso que llamamos errores no son tales, son experiencias enriquecedoras. Tenemos que darnos libertad para soltarnos, para ser más espontáneos y divertidos, para ser simplemente humanos, tanto nosotros como nuestra pareja; y así descubriremos que esto solo ya es maravilloso.

"No merezco que me amen". Los que están esquematizados de esta manera suelen conformarse con cualquier cosa que sea más o menos parecida a un afecto. Aceptan el "castigo", o se desmerecen y se dedican a lavar los platos, por ejemplo, por que sienten que no merecen el cariño de nadie, que no lo valen. Aquellos que adoptan esta pauta se la pasan buscando la aprobación de los demás. A veces también condimentan su postura con una pizca de "pobre de mí". "yo no tengo la culpa", "no puedo evitarlo" y "no soy dueño (o dueña) de mi propia vida". Todas estas frases son muy recurrentes en los que tienen mentalidad de víctima. Uno de su problemas es que nunca terminan de aceptar el amor que les ofrecen porque piensan: "Si éste me quiere, es porque está igual de desesperado que yo, es inútil como yo y vale tan poco como yo". De ese modo dejan pasar las oportunidades de iniciar relaciones sanadoras. Por desgracia, como con tantas conductas, ésta se convierte en una profecía autocumplida.

La moraleja en este caso es que hay que aprender a quererse y aceptar lo que uno vale para poder recibir el amor de los demás. También aquí, es bueno conectarse con el centro espiritual propio para revertir el proceso destructivo. No debemos olvidar que a nuestras relaciones las generamos y atraemos nosotros desde lo más profundo de nuestro ser.

"El amor siempre deja una herida". "Si no sufres, es porque algo anda mal", etc. Es una historia de nunca acabar: las expectativas generan vivencias, las vivencias alimentan las expectativas... y así seguimos todo el tiempo. ¡Otra profecía autocumplida!

Si pensamos que el amor nos va a hacer daño, terminamos atrayendo a algún viejo amor que nos lastimó en el pasado o a alguien dispuesto a herirnos, y otra vez reforzamos nuestras expectativas. Si suponemos que alguien sólo sirve si nos deja una cicatriz, atraeremos a quien nos dejará alguna herida. Nuestra alma gemela cumplirá ese deseo con gusto, en especial si ya llevamos varias vidas juntos repitiendo el mismo esquema.

Romper el círculo, tomar conciencia de que uno tiene el derecho y la capacidad para integrar relaciones enriquecedoras, es la única manera de salir adelante. Perdonar, tanto a uno mismo como a los demás, es muy útil, lo mismo que saber renunciar al pasado.

"¿Para qué quiero amor?". Muchos se aíslan y alejan de los demás para evitarse las penas del amor. Se les ve fuertes e independientes, pero es probable que le estén huyendo a algún viejo sufrimiento que, como nunca lo desahogaron, sigue acosándolos con fuerza. Lamentablemente, aun cuando se arriesguen a iniciar una relación amorosa, estarán pendientes de la menor ofensa o indiferencia para salir corriendo o luchar contra el amor. Hace falta alguien con mucha paciencia para transformar estas pautas en la voluntad de experimentar un vínculo íntimo. Volver al centro espiritual y liberarse de viejas penas es bueno, pero lo fundamental es volcarse a la compañía humana, en especial a los contactos directos de a dos. Quizás para que pueda nacer el amor, haya que romper viejas promesas y juramentos, como los votos de celibato.

                                                                                       Fuente: La revista "el buscador"