LA RED
Leonardo Da Vinci
También aquel día la red salió llena de peces. Carpas, barbos, lampreas, tencas, albures, anguilas y tantos otros terminaron en el cesto del pescador.
   Debajo, dentro del agua del río, los supervivientes, asombrados y aterrados, no se atrevían a moverse. Familias enteras ya estaban depositadas en el mercado, bancos enteros habían caído en las redes y terminado en la sartén. ¿Qué harían?
Algunas jóvenes brecas de río se reunieron detrás de unas piedras y decidieron rebelarse.
- Es cuestión de vida o muerte - dijeron -. Esta red que cada día desciende al agua y siempre en lugar distinto, para aprisionarnos y arrancarnos de nuestro elemento, despoblará el río exterminándonos a todos.  Y nuestros hijos tiene derecho a vivir y nosotros debemos hacer lo que sea para salvarlos de esta tragedia.
-¿Y qué cosa se puede hacer? - pregunto una tenca que había seguido a los conjurados.
-Destruir la red - contestaron juntas las jóvenes brecas.
La valiente decisión, confiada a las inquietas anguilas, corrió rápidamente a lo largo del río, invitando a todos los peces a reunirse la mañana siguiente en un remanso protegido por grandes sauces.
Al día siguiente, millares de peces, de todos los tamaños y todas las edades, se dieron cita para declarar la guerra a la red.
La dirección de la operación fue confiada a una vieja y astuta carpa, que ya había conseguido librarse dos veces de la prisión despedazando con los dientes las mallas de la red.
-Estad bien atentos- dijo la carpa -, la red es tan larga como el ancho del río y cada malla, en el lado de abajo, tiene un plomo que la retiene en el fondo. Divididos en dos grupos:  un grupo levantará los plomos, trayéndolos a la superficie; el otro grupo sujetará firmemente la red por la parte superior.  Las lampreas cortarán con los dientes las cuerdas que mantienen tensa la red entre las orillas. Que las anguilas vayan inmediatamente de reconocimiento para indagar el sitio donde han lanzado la red.
 Partieron las anguilas. Los peces, reunidos en grupos, se colocaron se colocaron a lo largo de la orilla. Las brecas empujaban  a los más tímidos, recordándoles el triste fin de muchos compañeros, y les exhortaban a no tener miedo si quedaban prendidos en la red porque ningún hombre podría ya sacarla de la orilla.
 Las anguilas exploradoras volvieron. La red estaba hundida y se encontraba a una milla de distancia.
 Entonces, todos los peces, como una inmensa flota, se pusieron a navegar detrás de la vieja carpa.
-Atención- dijo la carpa-, la corriente podría arrastrarnos a la red: aguantad, maniobrando bien.
Y la red, gris, siniestra, apareció...
Los peces, presos de imprevisto furor, comenzaron el ataque.
La red fue alzada del fondo, las cuerdas que la sujetaban fueron rotas, las mallas destrozadas; pero los peces, furiosos, no soltaron la presa. Cada uno con su pedazo de red en la boca, agitando las aletas y la cola, tiraron en todos los sentidos, para destrozar y romper la red, encontrando así, en el agua que parecía hervir, la libertad perdida. 

 

No hay pueblos sojuzgados y temerosos,
sino pueblos sin objetivos, ni esperanza, ni
líderes a quienes seguir.