Los navegantes

Félix M. Samaniego

 

Lloraban unos tristes pasajeros viendo su pobre nave, combatida de recias olas y vientos fieros, ya casi sumergida, cuando súbitamente el viento calma, el cielo serena, y la afligida gente convierte el risa la pasada pena. Mas el piloto estuvo muy sereno tanto en la tempestad como en bonanza.  

Pues sabe que lo malo y que lo bueno está sujeto a súbita mudanza.