La navaja de afeitar

Leonardo Da Vinci

 

    Había una vez, en una barbería, una bella navaja de afeitar.   Un día en que no había nadie pensó echar una mirada a su alrededor y, sacando la hoja del mango en donde reposaba como en una vaina, se dedicó a gozar del hermoso día de primavera.
     Al ver el sol reflejarse en su cuerpo, la navaja quedó sorprendida y maravillada: la hoja de acero lanzaba tales resplandores que de pronto, en un rapto de orgullo, se dijo:
     - ¿Y he de volver yo a aquella barbería de la que acabo de salir?  De ninguna manera. Los dioses no quieren que una belleza como la mía se envilezca de ese modo. Sería una locura permanecer allí afeitando la barba enjabonada de tantos rústicos villanos, repitiendo hasta el infinito la misma mecánica operación. ¿Mi hermoso cuerpo está acaso conforme con semejante ejercicio? ¡No, por cierto! Conque corro a esconderme en cualquier lugar secreto, para poder gozar tranquila el resto de mis días.
     Y así diciendo, la navaja buscó un escondite, y se ocultó. 
     Pasaron los meses. Un día, deseando tomar el aire, dejó su refugio y, saliendo cautelosamente de su vaina, se contempló.
     - ¡Ay de mí! ¿Qué me ha sucedido?
     La hoja se había oxidado y ya no reflejaba los fulgores del sol.
     La navaja, amargada y arrepentida, se lamentó diciendo: 
     - ¡Oh, cuánto mejor era emplear mi bella hoja afilada afeitando las barbas enjabonadas! Mi superficie habría permanecido resplandeciente, y mi filo siempre cortante, sutil. ¡En cambio, heme aquí corroída y picada por la más fea herrumbre! ¡Y sin remedio!
     El mismo horrible final de la navaja está reservado a las personas de ingenio que en vez de ejercitarse en la virtud prefieren entregarse al ocio. Y al igual que la navaja de afeitar, pierden la finura y la luz de la inteligencia y pronto las corroe el moho de la ignorancia.