El león el lobo y la zorra
Jean de la Fontaine
 
 Un León decrépito, paralítico, y al cabo ya de sus días, pedía el remedio para la vejez. A los reyes no se les puede decir imposible. Envió a buscar médicos entre todas las castas de animales, y de todas partes llegaron los doctores, bien provistos de recetas. Muchas visitas le hicieron, pero faltó la de la Zorra, que se mantuvo encerrada en su guarida.
Un Lobo, que también hacia la corte al monarca moribundo, denunció al ausente camarada. El rey mandó que en el acto hicieran salir a la Zorra de su madriguera, y la llevaran a su presencia. Llegó, se presentó, y sospechando que el Lobo había llevado el chisme, habló así al León:
---Mucho temo, señor, que informes maliciosos hayan achacado a falta de celo la demora de mi presentación. Quiero que sepas, pues, que estaba peregrinando, en cumplimiento de cierta promesa que hice por tu salud, y he podido tratar en mi viaje con varones expertos y doctos, a quienes he consultado sobre la postración que te aqueja y aflige. Lo único que te falta es calor: los años lo han gastado.
---¿Y qué tengo que hacer? -preguntó el León.
---Que te apliquen la piel caliente y humeante de un Lobo, desollándolo vivo. Es remedio excelente para una naturaleza desfallecida. Ya verás qué camiseta interior tan buena te proporciona el señor Lobo.
Pareció bien el remedio al monarca, y mandó desollar en el acto al Lobo. Lo descuartizaron e hicieron tajadas. Cenó de ellas el León y se abrigó con su pellejo.
 
Se puede adular sin chismes y sin exponerse a ser descubierto. Los chismosos son castigados con mucha frecuencia.