La cenicienta

       

 

 
     Había una vez un caballero viudo con su hija cenicienta. El padre decidió que le hacia falta una madre a su hija y decidió casarse, eligiendo a una viuda de buena familia que tenia dos hijas de la misma edad de cenicienta. Pero con la repentina muerte del padre de cenicienta la perversa madrastra demostró sus sentimientos, cruel y calculadora, Así la cruel madrastra y sus hijas acabaron con la fortuna y así, cenicienta termino siendo la sirvienta de su propia casa.  Era ella quien hacía los trabajos más duros de la casa. Pero aun así cenicienta era feliz y sus mejores amigos eran animalitos, como tres ratoncitos y una ratoncita un perro, un caballo, pajaritos, ellos siempre la ayudaban en todo.
  Un día el Rey de aquel país anunció que iba a dar una gran fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas del reino.
Cenicienta le pidió a su madrastra que si terminaba su vestido la dejaba ir, le dijo que si, pero la puso a lavar ropa y pulir pisos, para que no pudiera terminar su vestido. Pero sus amiguitos al ver que no podía terminarlo decidieron ayudarle.
   Llegó el día del baile y cuando estaban por partir, Cenicienta las llamo y les dijo que estaba lista, las hermanastras al verla tan linda les dio coraje y corrieron a romper su vestido diciendo que la tela y el collar eran de ellas, apesadumbrada vio partir a sus hermanastras hacia el Palacio Real. Cuando se encontró sola en la cocina no pudo reprimir sus sollozos.  
- Tú Cenicienta, no irás -dijo la madrastra-. Te quedarás en casa fregando el suelo y preparando la cena para cuando volvamos. La cenicienta le contesto que ya había terminado sus deberes, entonces la  madrastra burlándose le tiro una vasija de fríjol y una de maíz y le dijo ya tienes trabajo sepáralos.
 
                            ¿Por qué seré tan desgraciada? -exclamó-.            
De pronto se le apareció su Hada Madrina.    
  No te preocupes -exclamó el Hada-.
Tu también podrás ir al baile, pero con una condición, que cuando el reloj de Palacio dé las doce campanadas tendrás que regresar sin falta. Y tocándola con su varita mágica la transformó en una maravillosa joven.  
  A los ratoncitos los convirtió en cuatro hermosos caballos, al perro y al caballo los convirtió  en conductores del carruaje que le dio forma a una  calabaza, para que la llevaran al baile.
 
 La llegada de Cenicienta al Palacio causó honda admiración. Al entrar en la sala de baile, el Rey quedó tan prendado de su belleza que bailó con ella toda la noche. Sus hermanastras no la reconocieron y se preguntaban quién sería aquella joven.
  En medio de tanta felicidad Cenicienta oyó sonar en el reloj de Palacio las doce.
  - ¡Oh, Dios mío! ¡Tengo que irme! -exclamó-.
  Como una exhalación atravesó el salón y bajó la escalinata perdiendo en su huída un zapato, que el Rey recogió asombrado.
 
 Para encontrar a la bella joven, el Rey ideó un plan. Se casaría con aquella que pudiera calzarse el zapato. Envió a sus heraldos a recorrer todo el Reino. Las doncellas se lo probaban en vano, pues no había ni una a quien le fuera bien el zapatito.
    Al fin llegaron a casa de Cenicienta, y claro está que sus hermanastras no pudieron calzar el zapato, pero cuando se lo puso Cenicienta vieron con estupor que le estaba perfecto.
    Y así sucedió que el Príncipe se casó con la joven y vivieron muy felices.
 

                  Fin