La casa embrujada

 

     Una noche, Mickey y Donald paseaban en auto en un camino solitario en el bosque.

     Pluto iba en el asiento de atrás, mirando a los murciélagos que revoloteaban a su alrededor y oyendo el ulular de las lechuzas y del viento entre los árboles.

     De pronto, el auto empezó a fallar, hasta que al fin se detuvo.

     -¡Vaya lugar para sufrir una descompostura! –se quejó Donald.

     -Nos quedamos sin gasolina –afirmó Mickey al revisar el deposito del combustible.

     Así que echaron a andar en busca de ayuda. Al poco rato, vieron el techo de una casa que sobresalía entre la copa de los árboles.

- Quizá en aquella casa consigamos un poco de gasolina -propuso Donald.

Los tres avanzaban, cuando de pronto apareció la luna entre las nubes e ilumino la casa. ¡Su aspecto era tétrico, y parecía estar a punto de derrumbarse!

   - De seguro está embrujada – opinó Donald -. Te esperaré aquí con Pluto.   

   -Yo no creo en casas embrujadas – aseguró Mickey -. Síganme.

   Mickey y Donald se acercaron a la casa y se asomaron por una ventana.  

   - Mira, una luz – susurró Mickey -. Debe de estar habitada.

   Mientras  tanto, Pluto husmeaba y al asomarse por otra ventana distinguió tres siluetas: una rechoncha, otra bajita y otra alta y cuando empezó a ladrar.

   Al oír los ladridos, Donald fue a investigar. Se asomó por la ventana, pero no logró ver nada en el interior.

   Después, se dirigieron a la entrada principal. Mickey tocó el timbre, y la puerta se abrió  lentamente… ¡por sí sola!

   Entraron de puntillas.

 

   - ¿Hay alguien en casa? – llamó Mickey.

   No hubo respuesta.

   De repente… ¡Bang! La puerta se cerró de golpe u Pluto asustado, saltó a los brazos de Mickey.

   - Tranquilízate, Pluto.

   Fue sólo el viento.

   En la pared de la sala había un enorme retrato. - ¡Ese hombre nos está mirando! –exclamó Donald con sobresalto.

   -¡Qué tontería! – replicó Mickey, acercándose para tocar el marco.

   Al instante, ¡Zuuuuuum! La pared giró y Mickey desapareció.

   -¡Mickey! ¿Dónde estás? – gritó Donald, asustado.

   Donald tocó el marco y… ¡Zuuuuuum! La pared volvió a girar y Donald y Pluto  desaparecieron.

   Los dos se encontraron sin querer en un pasadizo oscuro donde se toparon con Mickey.  El pobre estaba tan asustado que no podía hablar, y es que tres fantasmas: uno rechoncho, otro bajito, y otro alto y delgado, se aproximaban con ademanes amenazantes.

   - ¡Vá-a-a-ayanse de aquí! ¡Vá-a-a-ayanse de aquí-i-i! – gemían.

   Donald y Mickey trataron de abrir la puerta secreta, pero no lo lograron. Los fantasmas se aproximaban cada vez más.

   ¡Estaban atrapados!   

   Pluto empezó a ladrar.

   -¡Pluto encontró el modo de salir de aquí! – exclamó Mickey.

   Entre los dos la levantaron y… sin perder un solo segundo, saltaron. 

   ¡Era un túnel inclinado por el que se deslizaron vertiginosamente dando tumbos y trastumbos… -¡Au-u-u-u! –aullaba Pluto…. para caer, por último, en un cesto de gran tamaño!

   Una vez que Mickey, Donald y Plutose recobraron del susto, empezaron a examinar el sitio donde se encontraban. Había arañas por odas partes.

   -Espero que ahora creas en las casas embrujadas – comentó Donald, temblando-. ¡Nunca saldremos de aquí!

   Una vez más intervino Pluto: descubrió una escalera por la que subieron sin pérdida de tiempo.

   En lo alto había una puerta maciza.

   La abrieron con dificultad y entraron en lo que era una biblioteca. Todo allí era viejo y polvoriento.

   En eso, tres murciélagos pasaron zumbando y rozándoles la cara.

   Pluto no les temía. Atrapó a uno y le dio tan tremendo mordisco que lo deshizo. Al sacudirlo, voló aserrín por todos lados.

   -¡Ahora estoy seguro de que esta casa no está embrujada! –declaró Mickey -. ¡Estos murciélagos son de juguete!

   En eso, Pluto vio a uno de los fantasmas y comenzó a ladrar, furioso.

   -Alguien trata de asustarnos para que nos vayamos de aquí –señalo Mickey.

   -Pues yo estoy muerto de miedo –aseguro Donald -. ¡Vámonos de aquí!

   Antes de que pudieran dar un paso, apareció un esqueleto que, con voz cavernosa y sacudiendo todo el cuerpo ordenó:

   -¡Salgan inmediatamente de esta casa!

  De un salto, Pluto se escondió detrás de Donald y de Mickey. Aterrorizados, retrocedieron y quedaron acorralados.  Al palpar la pared dieron con una puerta metálica.

   La puerta cedió y nuestros amigos fueron a dar contra unas talegas.

   -¡Son bolsas con dinero!

   Un hombre disfrazado de esqueleto hizo su aparición y se acercó amenazadoramente a ellos.

   -Ya decía yo que esta casa no estaba embrujada –expresó Mickey-. Es usted quien ha estado tratando de asustarnos para que nos vayamos de aquí. Sin duda alguna es usted un asaltante de bancos.

   En ese momento entraron dos tipos. Las mantas que llevaban sobre los hombros indicaban que se habían hecho pasar por fantasmas.

   -¿Qué van a hacer con nosotros? –pregunto Mickey.

   -Arrojarlos al río –contesto uno de ellos-, y después buscaremos otro escondite.

   El hombre corpulento sujetó a Mickey, el bajito pescó a Donald y el flaco trató de atrapar a Pluto.

   Pero Pluto se le escapó entre las piernas, sujetó uno de los sacos con los dientes y salió de allí con la velocidad de un rayo.

   -¡Olvídate del perro y ayúdanos a amarrar a estos entrometidos!

–vocifero el gordo.

   Momentos después, Donald y Mickey estaban inmovilizados.

   En cuanto nuestros amigos quedaron solos, comenzaron a gritar pidiendo auxilio. Mientras tanto, los pillos hacían apresuradamente las “maletas”.

   Mickey y Donald se cansaron de gritar. Además comprendieron que era inútil que lo siguieran haciendo… ¿quién iba a oírlos?

   -¿Qué le habrá pasado a Pluto? –preguntó Donald.

   -¡Ojala haya escapado!

   Al cabote un rato, regresaron los pillos para llevarse a Donald y a Mickey. De pronto escucharon unos ladridos.

   Pluto entró corriendo en la habitación, seguido del sheriff y sus hombres.

   -¡Pluto! –gritó Donald-.

¡Qué alegría verte!

   Pluto, al ver que sus amigos estaban sanos y salvos mostró su alegría lamiéndoles la cara.

   Los pillos intentaron huir, pero los oficiales les bloquearon la salida.

   Les pusieron las esposas y los condujeron el auto de la policía.  

   El sheriff desató a Donald y a Mickey.

  -Tienen ustedes un perro muy listo –comento, acariciando a Pluto-. Cuando llegó a la jefatura con el saco de dinero, no me cupo la menor duda de que  había dado con los ladrones. Hace tiempo que los andábamos buscando.

   El gerente del banco me pidió que les entregara esta dinero como recompensa por haber ayudado a capturar a esos pillos –explicó el sheriff.

   -¡Muchas gracias, señor! –corearon Mickey y Donald.

   -¿Guau, guau! –ladró Pluto, feliz.

   Poco después, y gracias a la gasolina que el sheriff les regalo, nuestros amigos pudieron continuar su camino.

   Luego, se detuvieron a comprarle a Pluto un hueso de gran tamaño ya que, después de todo, de no haber sido por el, la policía no hubiera podido dar con los tres malhechores.

 

                                                                                      

 

 

                                                       FIN