La dama y vagabundo

 

  Linda estaba encantada con el regalo que Jaime, su marido, acababa de hacerle: una perrita preciosa, de pura raza, a la que puso por nombre Reina. El cachorrito no tardó en demostrar su inteligencia y, seis meses después, su presencia era imprescindible en la casa. Todas las mañanas, puntualmente, despertaba al amo para que no llegara tarde al despacho; le llevaba las zapatillas y el periódico; cuidaba de que los pájaros no se comieran las semillas de las flores del jardín, y ladraba cuando un desconocido merodeaba por las inmediaciones de la casa.
  El día que sus amos le colocaron un colar con la medalla de identificación, Reina se sintió la perrita más feliz del mundo. Había conseguido el "honor" más grande que un can podía recibir de un "humano". Muy orgullosa salió al jardín para mostrarle su medalla a sus vecinos y amigos, Joc y Trusty, que la felicitaron efusivamente.
  Algún tiempo después, Reina empezó a notar que su ama no le hacía tanto caso como antes. Pasaba muchas horas tejiendo unas prendas muy pequeñitas, y cuando la perrita intentaba que jugase con ella, la hacía salir al jardín. Muy preocupada por el cambio efectuado en su ama, Reina se lo comunicó a Joc y Trusty, quienes manifestaron que no debía preocuparse demasiado; simplemente ocurría que Linda estaba esperando un bebé.
  Reina desconocía por completo cómo era un bebé y se encargó de aclarárselo un chucho vagabundo que acertó a pasar por allí. Se llamaba Golfo, y era el campeón de los perros sin amos de la ciudad. Según Golfo, un bebé es un cúmulo de preocupaciones para un perro. Con el bebé se acaba la diversión, la libertad y casi todo el cariño de los amos. Ante tan terrible expectativa, Reina se quedó muy triste.
  Sin embargo, cuando el niño nació, Reina pensó que no había visto nada más lindo en toda su vida. Sus amos seguían queriéndola igual que antes, e incluso la encomendaron que cuidara de que no le pasara nada malo al niño. Reina prometió ser la mejor guardiana de su nuevo amito. Pero, como no hay felicidad eterna, ocurrió que sus amos tuvieron que partir de viaje, y acudió para cuidar del niño una dama espantosa a quien llamaban tía Clara. La señora traía consigo dos gatos espantosos llamados Si y Am, que se propusieron hacerle a Reina la vida imposible. El resultado fue que Reina fue a parar al jardín y, poco después, la colocaron un bozal. Aquello fue la gota que desbordó el vaso, y Reina escapó de la casa.
  No tardó en verse perseguida ferozmente por un grupo de perros vagabundos, y ya se consideraba perdida cuando acudió en su ayuda Golfo, poniendo en fuga a quienes la atacaban. Tras conseguir desembarazar del bozal a Reina, Golfo la llevó a cenar a un restaurante italiano cuyo dueño era un buen amigo suyo y les brindó una romántica serenata mientras comían. Reina estaba fascinada con su nuevo amigo y sintió que se estaba enamorando de él. Cuando, terminada la cena, Golfo la invitó a "divertirse" en un corral de gallinas cercano, Reina le siguió con cierta vacilación. A Golfo le encantaba organizar revuelos entre las aves y escapar cuando el granjero acudía justamente enfadado; pero la perrita no estaba acostumbrada a aquel tipo de aventuras y, tras ser apresada por el granjero, fue a parar a la perrera municipal.
Pudo salir de allí gracias a su medalla de identificación y devuelta a su casa, donde tía Clara la encadenó en el jardín para que no volviera a escaparse. Estaba muy triste, y cuando Golfo acudió a dar explicaciones lo despidió con cajas destempladas. Ya se alejaba el vagabundo cuando retornó a toda velocidad al escuchar los alarmantes ladridos de Reina. Una rata enorme había trepado por la pared y se había introducido en el cuarto del bebé.
  Sin dudarlo, Golfo corrió a la habitación del niño y tuvo que sostener una feroz lucha con la rata, en la que se volcaron varios muebles de la habitación. Acudió tía Clara, y pensando que el perro había intentado atacar al niño lo encerró en un armario y llamó a los perreros.
  Al retornar Jaime y Linda se pudo aclarar toda la verdad, y tras liberar a Golfo le aceptaron como un miembro más del hogar.

 

FIN