CONMOCIÓN EN EL PAÍS DE LOS SUEÑOS
 
Frente a la cárcel, donde estaba preso el Ratón Vaquero, montaba guardia el conejo Juan Blas.   Sus grandes orejas se le caían de sueño y apenas tenía fuerzas para sostener una escopeta.   Mientras el centinela cabeceaba, Los Cuatro Invencibles y el Abejorro Mostachón cavaron un túnel por atrás de la ratonera.   Así fue como, mientras el conejo soñaba golosamente con zanahorias, el Ratón Vaquero se fugó gracias a la ayuda de sus cómplices.
      Ya a distancia, la pandilla volvió a las andadas; se pusieron a derribar hongos.   Es sabido que en los hongos hacen sus casitas los enanos más pequeños; esa noche, cuando los duendecillos retornaran después de haber trabajado dentro de la montaña, hallarían sus habitaciones destruidas.   Los seis vándalos reían a más y mejor, imaginando el estupor de los gnomos.   Y en coro destemplado, a voz en cuello, entonaron una horrible canción de piratas cuya letra creo que es así:
  " El pirata que quiere mandar
tiene que ser el más malo,
tuerto, barbudo, panzón
y con su pata de palo.
Nunca podrá perdonar
barcos ni seres vivientes;
y ¡si se lava los dientes,
lo arrojaremos al mar!"
 
      ¡Fea canción! ¡Canto perverso! Los habitantes del País de los Cuentos estaban aterrorizados.
    El Ratón Vaquero, el Abejorro Mostachón y los Cuatro Invencibles infundieron miedo a hicieron castañear los huesos de varios fantasmas blancos.   Esos mismos fantasmas de tantas historias macabras, en la vida privada sólo son unos simples paños puestos a secar.   Pero, ¿quién se atrevería a contener a los invasores? ¡Nadie! Por consejo del Ratón Vaquero, que trae lo roedor muy de familia; Los Cuatro Invencibles emprendieron un ataque a mordidas contra el castillo del rey Bombón.   Este castillo, como se explica en otra canción, está construido todo de dulces.   Roco, Tico, Maco, Paco y compañía hincaron el diente en las murallas, respetando tan sólo las almenas de las torres (unos cortes que ya de suyo parecen estar mordidos).
  Y engulleron de tal modo que seguramente esa noche ninguno de ellos tomaría su leche, como les sucede siempre a los golosos que se atiborran de golosinas.