ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
Scheherazada (Las Mil y una Noches)
     Había en un reino de Oriente un hombre de oficio sastre llamado Mustafá, el cual tenía un hijo, Aladino, poco inclinado al trabajo y muy amigo de las malas compañías.
     Tantos y tantos dolores de cabeza le dio Aladino a su padre, que éste murió al poco tiempo, y su viuda vendió la tienda y sus enseres, y con el poco dinero así obtenido y trabajando en su humilde oficio de hilandera, pensó vivir hasta el fin de sus días.
     Un día que Aladino, como de costumbre, estaba jugando en una plaza con sus compañeros, acertó a pasar un extranjero bien vestido, quien miro con insistencia a Aladino, como si hubiese hallado a alguien que hacía mucho tiempo buscaba.
     - Pero ¿no eres tú el hijo de Mustafá el sastre?
     - preguntó el extranjero a Aladino.
     - En verdad lo soy, pero mi padre ha muerto...
     - ¿Ha muerto, dices? ¡Qué desgracia! Yo soy hermano de Mustafá, y tú eres, por lo tanto, mi sobrino.
     Y abrazándole se puso a llorar de un modo desconsolado.
     Cuando se tranquilizo un tanto, le dio al joven un puñado de monedas de oro diciéndole:
     - Llévale a tu madre estas monedas y dile que mañana iré a visitarla.
     Corrió Aladino a su casa con la extraña nueva, pero su madre no quiso darle crédito, pues bien sabía que el único hermano de su difunto esposo había muerto ya hacía bastantes años; sin embargo, el presente de las monedas era argumento atendible y, al día siguiente, recibió al extranjero, que se presento lujosamente ataviado y con una cantidad extraordinaria de manjares y vinos.
     - Hace cuarenta años, hermana mía - dijo a al viuda -, esperaba este momento  para abrazar a mi hermano, pero Alá no ha querido darme esa felicidad.
    Y lloró con tanto dolor, que la viuda no dudó ya de que se trataba realmente de un hermano del sastre.
     Después de comer, conversaron sobre el porvenir de Aladino, y el recién llegado prometió instalarle una tienda de géneros, par que el joven se hiciera un porvenir como comerciante.
     Agradeció la viuda el ofrecimiento, ya que eso colmaba sus aspiraciones al ver que, al fin, su hijo tendría una ocupación.
     Por último, el extranjero dijo que al día siguiente iría a buscar a Aladino, pues quería hacerle conocer la ciudad, pero, previamente, había que vestirle como cuadraba a su condición de sobrino de un hombre tan rico. Y efectivamente, lo llevó a un comercio y ordeno lo vistiesen sin reparar en gastos.
     Cuando la viuda vio a su hijo tan bien vestido, dio gracias al cielo por sus bondades y besó la mano del extranjero que tan bien trataba a Aladino.
     Al día siguiente, tal como lo anunciara, se presentó a buscar al joven para salir a recorrer la ciudad. Le mostró el palacio del sultán, y todo lo que de más hermoso había, hasta que tomaron por un camino bordeado por hermosos árboles y flores magníficas, pero tan largo, que ya Aladino se sentía sumamente cansado.
     - ¿Falta mucho tío? Porque temo que mis piernas no me permitan volver a la ciudad.
     - Estamos cerca, querido sobrino. Quiero mostrarte el más maravilloso jardín del mundo, y créeme que vale la pena el sacrificio de llegar hasta el.
     Al fin, el extranjero se detuvo y le dijo al joven: 
     - Junta ramitas secas, y cuando las ramas estuvieron listas, el hombre tomo su pedernal y saco una chispa con la que dio fuego a las ramas. Luego echo unos polvos en la hoguera, produciendo así un humo muy espeso. Inmediatamente se oyó un impresionante ruido y delante del extranjero (que es bueno ya que sepamos que era un mago venido desde el África para conseguir algo por medio de Aladino) y del joven se abrió en el suelo un agujero, en cuyo centro una loa y una argolla denunciaban la entrada a alguna gruta secreta.
     Aladino demostró su temor ante sucesos tan inesperados, pero el mago le ordeno con palabra severa y terminante que tomara la argolla para levantar la losa.
     - No podré yo solo - dijo Aladino -. ¡Ayúdame, tío!
     - Imposible - contestó el extranjero -. Nadie más que tú puede tocar esa argolla. Trata de abrir la losa. Te será fácil si dices rápidamente el nombre de tu padre y de tu abuelo a la vez que intentas abrirla.
     Así lo hizo, y la losa se levantó como si fuera de débil cartón, dejando al descubierto una escalera que se hundía en las profundidades de la tierra.
     Le dio el mago al joven una serie de instrucciones que tenían por objeto conseguir una lámpara que había al final del subterráneo.
     - Pero ten cuidado - añadió - que tus ropas no rocen siquiera las estatuas que encontraras a tu paso; de lo contrario morirás sin remedio. A tu vuelta, cuando vengas con la lámpara, podrás moverte sin temor alguno, pues todo el peligro habrá desaparecido. 
     Atemorizado por una aventura tan extraordinaria, el hijo de Mustafá comenzó a bajar los escalones; y atravesó un salón dividido en tres departamentos y flanqueado por grandes ánforas llenas de oro y plata. Cruzó después un hermoso jardín con árboles que tenían por frutos piedras preciosas que a Aladino - ignorante de las riquezas del mundo - parecieron bonitas cuentas de vidrio, y al término de este jardín se halló con un escalera de cincuenta escalones. La subió y así llegó a la lámpara. La tomo, le sacó la mecha, volcó el aceite, la guardó entre sus ropas y comenzó el retorno, recogiendo a su paso de los árboles las hermosas cuentas de colores, que eran en realidad una fortuna maravillosa.
     Al asomarse por el agujero vio al extranjero, que lo esperaba ansiosamente.
     - ¡Ayúdame a salir, tío! Dame la mano.
     - Primero alcánzame la lámpara, así te será más fácil salir.
     
     Pero Aladino no podía dársela porque estaba trabado con la ropa y tantas piedras como había recogido en los árboles.
     - No puedo, tío. ¡Ayúdame a salir!
     - ¡Te ordeno que me des la lámpara!
     - ¡No puedo, tío! Si trato de sacarla de entre mis ropas, me caeré de la escalera.
     Enfurecido el mago por la terquedad del joven, evidenciando así que había tomado a Aladino como instrumento para conseguir la lámpara, dio un golpe en el suelo con el pie, y la losa se cerró, dejando así sepultado en vida a joven. Pero este no se amilanó por lo sucedido. Se puso a mirar a su alrededor y comprendió que no podría salir a menos que sucediese algo extraordinario, y eso fue precisamente lo que aconteció, porque, sin advertirlo, el joven rozó con un anillo que el mago le había dado al entrar en la cueva, para que pudiese llegar sin peligro hasta la lámpara que buscaba. Ese anillo tenía virtudes mágicas, y por eso, cuando sin pensarlo tocó en el, la tierra tembló, se escucho un gran ruido y apareció  y apareció un genio de enorme estatura.
     - Eres dueño de la lámpara y por lo tanto puedes mandarme - dijo el genio, inclinándose ante Aladino -. ¿Que deseas?
     Pestañeó Aladino ante semejante aparición, pero rápidamente se repuso: 
     - ¡Quiero salir de aquí y que me lleves a mi casa!
     Desapareció el genio, se produjo una llamarada, y Aladino con su lámpara y sus piedras preciosas, que él creía cuentas de vidrio de colores, se encontró en su casa, al lado de su madre, que estaba desesperada por la larga ausencia de su hijo.
     Aladino le contó todo lo que le había pasado y sus sospechas de que el extranjero no fuese su tío, sino un impostor. Pero nada dijo del poder maravilloso de la lámpara.
     A poco, Aladino se quedó dormido de cansancio y cuando despertó pidió de comer, pero su madre le contestó que nada había, pero que sería fácil conseguirlo si se vendiese la lámpara que  él había traído. Y sin hablar más, la tomo y con un paño se puso a fregarla para que tuviese mejor aspecto.
     - Así te darán más en la tienda.
     Pero la tierra tembló y el genio se presentó ante la viuda, que, aterrorizada, soltó la lámpara y cayó desmayada al suelo.
     - ¿Qué deseas? - preguntó a Aladino el aparecido.
     - ¡Tráenos de comer! - ordenó el muchacho.
     Desapareció el genio e inmediatamente reapareció con un servicio de mesa compuesto de platos de oro y plata, y fuentes llenas de los más exquisitos manjares.
     Comieron Aladino y su madre como nunca habían comido en su vida, y resolvieron ocultar la posesión de semejante lámpara, así como usar lo menos posible de su poder.
     Vendiendo poco a poco las piezas de aquel servicio, la viuda y su hijo pudieron vivir holgadamente durante varios meses.
     Un día Aladino vio a la entrada de los baños reales a la hija del sultán, la hermosa princesa Brudulbudura, y fue tal impresión que le produjo, que volvió a u casa y le dijo a su madre:
     - Estoy enamorado de la princesa y quiero casarme con ella.
     - ¡Pero tú estás loco, Aladino! ¿Sabes lo que dices? ¿Tú, el hijo de un sastre, pretendes casarte con la hija del sultán? ¡Sácate de la cabeza tamaña locura!
     Pero todo fue inútil, y la viuda se vio en el trance de tener que ir al palacio del sultán a pedir la mano de la princesa Brudulbura para su hijo Aladino. Sólo de pensar en comisión tan difícil, a la viuda se le cubría de rubor el rostro.
     - Sabes bien, Aladino, que al sultán hay que llevarle algún presente, y ¿de dónde vamos a sacar nosotros algo digno del sultán?
     - No te preocupe eso, madre,. Le llevarás esas cuentas que traje de la cueva. Me han dicho que son valiosas.
     Y tomando una de las bandejas de oro que había traído el genio, colocó en ella las piedras preciosas, que despedían a la luz del sol destellos maravillosos.
     La viuda fue, en efecto, al palacio del comendador de los creyentes. Y fue un día, y otro, y un tercer, y un cuarto, y un quinto, y un sexto, sin que tuviese la suerte de ser recibida por el sultán, hasta que el séptimo día, advirtiendo éste la presencia de aquella mujer enlutada que tan humilde esperaba ser recibida, la hizo acercarse a su trono.
     - ¿Qué quieres de mi, buena mujer?
     Y entonces habló la viuda con su voz más convincente. Le dijo cuál era el motivo que la llevaba allí, que su hijo había tenido la osadía de admirar el rostro de la princesa Brudulbura y que estaba tan enamorado que si no se casaba con ella, moriría.
     Sonrió el sultán al oír petición semejante, pero por suerte para la viuda de Mustafá, ese día el monarca estaba de muy buen humor.
     - ¿Y qué me traes en esa bandeja tan cubierta, buena mujer?
     - Un pobre presente, señor, que nunca estará a la par de la princesa, vuestra hija, que es el mayor tesoro del reino.
     Y descubrió la bandeja, ante la cual el sultán abrió los ojos admirado. Se acercó el visir y comprobó que no había en todo el reino piedras de tal valor. 
     - Tu hijo, buena mujer dijo el visir -, debe ser muy poderoso para poseer piedras como éstas.
     Y agregó el sultán:
     - Ven a verme dentro de tres meses contados a partir de hoy, y entonces te daré la contestación.
     La viuda volvió a los tres meses, y el sultán, quizás para poner a esa boda un obstáculo insalvable, puso como condición lo siguiente:
     - Dile a tu hijo que me mande ochenta esclavos, de buena planta y ricamente vestidos, cuarenta blancos y cuarenta negros, y que cada uno traiga una fuente de oro colmada de piedras idénticas a las que me has traído hace tres meses. Si tal hace, se realizarán las bodas de mi hija con tu hijo.
     La viuda se fue decepcionada. Comprendía que no era posible cumplir la pretensión del sultán. El visir, autor de esa condición, sonreía al pensar en el fracaso que tendría el osado Aladino.
     Pero Aladino no se inmutó cuando su madre le transmitió las palabras del sultán.
     - ¡No pienses más en esto, madre! ¡Ya verás como pronto seré el esposo de Brudulbura!
     Tomó su lámpara, la frotó y pidió al genio todo lo que el sultán exigía.
     Al día siguiente la viuda, ricamente vestida, fue al palacio seguida de los ochenta esclavos, portadores de las fuentes de oro macizo colmadas de piedras preciosas.
     A su paso por las calles, todo el mundo se detenía y se preguntaba qué monarca poderoso habría venido a visitar el país, y los guardias de palacio se maravillaron cuando cuando vieron desfilar hacia el salón del trono los ochenta esclavos.
     El sultán recibió cordialmente a la viuda, y al ver cómo se habían cumplido sus difíciles condiciones, no dudó que Aladino era digno de la mano de su hija, la princesa Brudulbura, por lo que en seguida dijo a la viuda que transmitiera a su hijo el deseo que tenía de conocerlo y que estaba dispuesto a consentir las bodas ese mismo día.
     Aladino, mediante su lámpara, se hizo llevar los trajes más ricos, la cabalgadura más costosa y de mejor estampa,  y el séquito más lujoso que fuese posible imaginar, y así llegó, precedido de heraldos que hacían sonar trompetas, al palacio del sultán; éste lo recibió entre alabanzas a su apostura y a sus riquezas y lo hizo sentar a su lado, y luego almorzó con él.
     - Cuando quieras, yerno mío - dijo el sultán -, podremos realizar las bodas.
     - Señor, te pido unos días de espera, los necesarios para hacer construir un palacio digno de la belleza y la gracia de tu hija.
     Esa misma noche, Aladino conjuró al genio frotando una vez más su lámpara, y así que éste apareció lo ordeno la construcción de un palacio frente al del sultán, que fuese el más rico y lujoso del mundo.
     Ala mañana siguiente, al asomarse el sultán a la ventana de su alcoba, vio con ojos llenos de asombro que donde antes no había más que árboles, se levantaba un palacio imponente cuya cúpula despedía destellos cegadores, por lo que coligió que estaba recubierta de piedras preciosas, en cuyo caso ese palacio debí ser forzosamente de Aladino.
     En efecto, al poco rato anunciaron la presencia de la madre del joven, la cual iba a acompañar a la princesa para que se preparara para las bodas. 
     Estas se realizaron en seguida, y los jóvenes esposos cruzaron por una alfombra riquísima desde el palacio del sultán hasta el de Aladino.
     Felices vivieron durante un tiempo la princesa y el hijo de la viuda. Siempre el genio respondía a los requerimientos del yerno del sultán, y nadie más que Aladino y su madre sabían de la existencia de la lámpara a la cual debían todo.
     Pero no olvidemos al mago africano que quedó burlado en su intento de apoderarse de la lámpara. Este, pronto sospechó que la buena fortuna de Aladino se debía a la lámpara, y se propuso conseguirla. Así, un día que supo que Aladino había salido de caza, se presentó frente al palacio ataviado con ropas humildes y llevando una bolsa al hombro.
     - ¡Lámparas viejas, compro y pago bien!
     ¡Lámparas viejas!
     Brudulbura, que había advertido la existencia de esa lámpara, desconociendo se gran valor, la dio a una de sus esclavas para que la vendiera, lo que esta hizo, con gran contento del mago.
     Así que volvió Aladino, su desesperación fue enorme al enterarse de lo sucedido; pero gracias a que aún conservaba el anillo que le diera el mago, pudo conjurar al genio, el cual le restituyó la lámpara, que desde entonces fue puesta a buen recaudo por el hijo de la viuda.

     - ¿Y para qué tengo que deciros, esposo mío y señor - Terminó Scheherazada -, que Aladino y Brudulbura siguieron viviendo felices muchos años, que tuvieron hermosos hijos y que, a la muerte del sultán, Aladino ocupó el trono, siendo su gobierno un reinado ejemplar y próspero para el pueblo?.

                               fin